“El estigma que nos seguía era inevitable”
Hablar de La Casa Invisible en Málaga es hablar de cultura, ciudadanía, autogestión y otras muchas cosas. Tras casi tres años de actividad, este centro se asienta como vanguardia de los movimientos sociales en España. Hemos charlado con Santiago Fernández Patón, uno de sus responsables.
¿Cuál es, ‘grosso modo’, el balance que hacéis desde La Casa Invisible de todo el tiempo que lleváis en funcionamiento?
Lo apasionante de estos dos y años y medio ha sido el proceso en sí, muy positivo por cuanto ha permitido la agregación de un sinfín de realidades en la ciudad de Málaga, muy heterogéneas -desde asociaciones de inmigrantes hasta músicos de jazz-, que andaban dispersas y sin un espacio que sirviera de catalizador, como ha sido La Casa Invisible.
Supongo que los comienzos no serían nada sencillos…
Convencer a un Ayuntamiento gobernado por el PP de que debe ceder el uso de un inmueble que acaba de expropiar por más de dos millones y medio de euros a un colectivo que lo ha ocupado… Imagínate. Pero el rigor de la mesa negociadora que logramos establecer, el prestigio de algunos de sus componentes, los apoyos nacionales de relevancia (como el del propio director del Museo Reina Sofía, Manuel Borja-Villel) y, en definitiva, la consistencia del proyecto, acabaron por convencer al Ayuntamiento de que esta ciudad se merecía La Casa Invisible.
¿Os habéis quitado ya la mala fama inicial que persigue al principio a este tipo de movimientos?
El estigma que nos perseguía era inevitable, pero el trabajo cotidiano lo echó por tierra y, justo es reconocerlo, los medios de comunicación ya no reflejan ningún estereotipo sobre La Casa Invisible. No fue fácil, pero la labor diaria, el discurso enunciativo y la práctica política nos sitúan de lleno en lo que conceptualizamos como centros sociales de nueva generación.
Se podría decir que sois un modelo eminentemente ciudadano. ¿Están abiertas las puertas a las instituciones públicas?
Somos hospitalarios, así que no cerramos puertas, pero las puertas sirven para entrar y salir. Nuestro proyecto se basa en la autonomía, tal y como el propio Ayuntamiento ha acabado por reconocer. Eso no quiere decir que neguemos a las instituciones, con las que de hecho interactuamos y a las que interpelamos de manera directa. De lo contrario no podríamos haber negociado con el Consistorio, propietario legal del inmueble.
¿Qué tal os lleváis con los políticos?
Con unos mejor y con otros peor: nos hemos tenido que sentar con representantes del Ayuntamiento, de la Diputación Provincial de Málaga y de la Junta, así que hemos visto de todo. Nuestro espacio, no obstante, no es del los partidos, sino el de la ciudadanía.
¿Cubre La Casa Invisible algún vacío o carencia de otras entidades culturales (tanto públicas como privadas)?
Nuestro modelo se escapa a la dicotomía público-privado. Se fuga de la asfixiante regulación estatal y del voraz interés privado para asentarse en lo que denominamos “procomún”, retomando un término premoderno que nos habla de aquellos espacios que son gestionados por la comunidad, como lo eran, por ejemplo, las tierras comunales. Es decir, sí cubrimos una importantísima carencia.
¿Qué panorama se os plantearía ante un posible desalojo?
Actualmente no contemplamos esa opción.
¿Tienen miedo los políticos a la autogestión y autoorganización?
Claro, pero para quitárselo está la acción de los colectivos ciudadanos.
¿Cómo ves este futuro dentro de dos años?
Como el de una conquista social. Hemos llegado para quedarnos, para demostrar que somos capaces de asentar nuestras prácticas en un suelo firme, por muy flexible que éste sea, para sedimentar nuestra labor en la estratografía de los movimientos sociales, que no pueden bailar del albur de prácticas oscilantes, al compás, por ejemplo, de permanentes desalojos. Veo el futuro como el de un proceso de agregación política capaz de vertebrar a un nuevo sujeto, disperso, difuso y heterogéneo, pero emergente: el precariado.













