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Alba Muñoz es una barcelonesa licenciada en Humanidades, el año pasado decidió dejarlo todo para ir a Madrid a estudiar Periodismo, la pasión de su vida desde que con 9 años siguió la detención de Luis Roldán escribiendo sus propias crónicas. Blog

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La evolución del cine asiático

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Cada semana llegan a nuestros cines una avalancha de títulos made in USA; también alguna película española; del resto de Europa; y ya, con una presencia menor, se encuentran aquellas que vienen de Latinoamérica o Asia. Precisamente, Oriente siempre ha sido un continente muy cautivador y al que nos hemos acercado no sin cierta reticencia. De él conocemos los mangas y el anime, esas películas de terror tan aplaudidas y temas que han tenido su boom como las geishas, los samuráis, la Yakuza o las artes marciales. ¿Pero hay algo más? Por supuesto.

Aunque es imposible generalizar, pues hay una amalgama de culturas y creencias bien diferentes, en el cine asiático hay un denominador común: en gran parte de sus países sufren o han sufrido una importante censura por parte de los dirigentes. Este rechazo no sólo afecta a la producción local -sobre todo aquella más crítica con los líderes de turno- sino también a la que viene de fuera, así como su posicionamiento en el mercado extranjero. Este escaso feedback es un factor perjudicial en el desarrollo de la cultura.

Un rompecabezas complejo

  • Desde su nacimiento, el cine en la China continental siempre ha estado influenciado/reprimido por las ideas comunistas. A partir de la década de los ‘30 se estrenaron las primeras películas importantes con una temática que versaba sobre la lucha de clases, la amenaza japonesa y los problemas de la gente común. Pero también, y por influencia de Hollywood, el nacimiento del Star System. En 1949, el Partido Comunista Chino censuró o prohibió muchas películas de temática política y utilizó el cine como un arma de propaganda. A partir de los ‘80 el cine chino se popularizó fuera del país cuando empezó a ser premiado en los Festivales más importantes de Europa como Berlín, Cannes o Venecia. Tanto, que incluso parte de sus directores han sido acusados por la crítica de su país de trabajar sólo para occidentales. El punto de inflexión lo pone las represalias de Tian’anmen con lo que la nueva generación de directores han tenido que exiliarse a Estados Unidos y Australia. La facción más crítica del cine chino tienen dos objetos de reprobación: el periodo comunista anterior (”drama de cicatrices”) y la nueva incorporación del país al mundo capitalista.
  • En Japón, la introducción del sonido fue tardío y durante la década de los ‘30 aún se hacían filmes mudos, aunque esto no era inconveniente para que se convirtiera en el pasatiempos preferido de la isla. Los silencios y las alegorías son elementos utilizados habitualmente y pronto empezaron a ganar premios en el extranjero. En 1955 Hiroshi Inagaki ganó el Oscar a la mejor película extranjera por la primera parte de su trilogía sobre la vida de Miyamoto Musashi, ‘Samurái I’ y Akira Kurosawa, el más célebre director japonés en Occidente, ganó el honorífico en 1990. Fue en 1945 cuando presentó la gran épica ‘Los siete samuráis’, su gran éxito y de una gran influencia en Estados Unidos y Europa.
  • En Rusia, el cine siempre ha sido el arma propagandística utilizada por los regímenes totalitarios con lo que ello comporta: el ensalzamiento del líder, de su causa y la censura del resto. A partir de la muerte de Stalin, los temas se diversificaron y empezó una ola crítica con el régimen anterior. En 1980, un filme de origen ruso recibió el Oscar a la mejor Película Extranjera, ‘Moscú no cree en las lágrimas’ de Vladimir Valentovich Menshow. Con las caída de la URSS, los cineastas quisieron ser testigos de los momentos claves de la época.
  • El caso de la India es insólito. Mientras que medio mundo se siente invadido por películas provenientes del gran coloso estadounidense, el país indio tiene la mayor producción cinematográfica a nivel mundial. A consecuencia de las numerosas lenguas oficiales y dialectos de la India, el cine occidental casi no tuvo presencia, con lo que se pudo desarrollar una industria propia con unos códigos muy marcados: los números musicales en mitad de una escena, las historias de amor imposible y los vivos colores. Pero aunque es una de las industrias cinematográficas más desarrolladas del mundo, el boom Bollywood en Occidente ha sido más bien tardío.
  • Por su parte, Irán inicia su etapa de películas más comerciales a mediados de siglo. En ellas, al igual que en la India,  se integran números musicales. También, han tenido su dicotomia entre un género más festivo y superficial (farsi) y su respuesta menos comercial y más reflexiva (motefavet). Con la revolución iraní y la instauración de la República islámica en 1980, la censura se endureció pero a finales de la década de los ‘80, la crítica extranjera empezó a interesarse. En la etapa post-revolucionaria, se han querido plasmar los problemas de la sociedad, en muchas ocasiones sin pretender un análisis o critica política. Pese a que algunos títulos han conseguido cierta fama en Occidente, esta actividad cultural parece que aún no ha atrapado a los espectadores del propio país. Por fortuna, parece que las mujeres se van visibilizando más con el paso del tiempo, empiezan a ser protagonistas de las producciones y a dirigir algunos títulos.



Una mirada occidentalizada sobre Asia

En los últimos años, varios directores han elegido la ciudad de Tokio para ambientar sus historias. ‘Lost in Translation’ de Sofía Copppola, era una coproducción japo-estadounidense protagonizada por Bill Murray y una joven Scarlett Johansson. Ambos sienten un abandono y una soledad extremos, y la incapacidad de incomunicarse en ese país  sólo hace que incrementar más esa soledad. Estos dos losers se conocen en el hotel, lugar que se convierte en una isla de salvación entre tanto desconcierto.

El otro ejemplo, más actual y cercano, es “El mapa de los sonidos de Tokio” de Isabel Coixet. Un drama romántico más rápido y aparentemente más intenso que el filme de Coppala. También parece introducirse más en las entrañas del país, porque mientras que en ‘Lost in Translation’ hay una separación abismal entre los personajes y el país, en ésta, el único protagonista occidental (Sergi López) vive en la ciudad, aunque no ha llegado a integrarse. Y es que la confusión del choque entre dos civilizaciones no es la sensación principal que se quiere destacar. Incluso, Coixet trata de manera algo fraudulenta la cuestión del idioma pues en Japón el inglés es un idioma muy poco utilizado y la comprensión entre Sergi López y Rinko Kikuchi (la protagonista femenina) sería casi imposible, sólo pudiendo conocerse a partir de miradas y gestos.

Pero estas aproximaciones al mundo oriental sólo se quedan en eso, aproximaciones puesto que versan sobre él su mirada occidentalizada y no se da una imagen real de la ciudad y de su población. En lo referente al ritmo, quien más se aproxima al asiático, es la obra de Coppola. Las palabras sobran, el desarrollo es neutral y no hay grandes movimientos de cámara ni giros dramáticos. Esta sobriedad tan marcada consigue que el espectador sea el protagonista pues él deberá hacer progresar cada parte de la historia.


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