Mariana

Mariana recuerda que después de su primer intento fallido de suicidio su padre le impidió salir a la calle durante tres meses. Permaneció encerrada en su habitación, rodeada de acuarelas, libros y cuadernos.
Allí, en esa soledad doliente y punzante como si quisiera caminar con clavos en la planta de los pies, se le apareció el pez de la alegría. Enorme y de aleteo parsimonioso. Oscuro. Gigante. Callado. Parecía mover las aguas de una forma muy rara -recuerda. Reía al verlo acercarse: su enorme boca le decía cosas que ella no podía entender ni escuchar, sólo era verlo cada vez más cerca y más cerca, como un sueño que se aproxima con fuerza.
Lo último que sentía antes de caer en la negrura absoluta de sus miedos sin miedo eran la dentadura filosa de ese animal acuático que la devoraba por completo. Desaparecía. Se iba montada en el lomo de esa escamosa bestia. Se volvió la tenaz jinete de ese monstruo hasta que una mañana de miércoles ya no regresó.
En los cuadernos de dibujo -contó después el quejumbroso padre- había anotaciones en los márgenes que hablaban de una ciudad (mundo, galaxia “o qué sé yo”) bajo el mar donde van todos aquellos seres marinos que desearon convertirse en humanos, pero que al encarnarlos se sentían fuera de lugar -eso que los psiquiatras llaman melancolía- y extrañaban su acuosa atmósfera.
Creemos que Mariana volvió en la garganta de su pez a su mundo y nunca la volveremos a ver.













