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Araceli Ocaña vive en Móstoles desde que nació, en 1984, y aclara que nadie allí conoce las famosas empanadillas. Licenciada en Periodismo y casi en Economía por la Universidad Carlos III, ha trabajado como becaria en Grupo Zeta, Cadena SER y 20minutos.es. Blogs: Personal | Spoilertown

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Cibeles, ¡allá fuimos!

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Martes 22 de septiembre de 2009. Día de clausura de la 50ª edición de Cibeles Madrid Fashion Week. Para muchos, el peor día, la jornada de despedida, la cita menos importante. Nada les hace pensar que ese día sus compuertas se abren nuevamente para los lectores de Tinta Digital.

A las 9.30 (AM) me presento allí y recojo mi acreditación. El pasado febrero descubrí el maravilloso mundo de la moda desde dentro, pero una no puede aprovechar todas las maravillas que se le ofrecen si va sola y es tímida, por lo que esta vez voy acompañada de una amiga sin entrada: nuestro plan maestro hará que nos colemos en los desfiles.

A primera hora, bostezos

Lo primero que sorprende es la hora a la que se celebran los dos primeros. ¿Pensábais que los estilosos no madrugaban? Pues estábais en lo cierto, porque a las 10.30 (AM) son pocos los que se han puesto el despertador para ver los desfiles de Anke Schlöder y Krizia Robustella que serán, por otra parte, dos de los mejores del día.

Yo sí hago ese esfuerzo (yo por mi público mato, como diría la Esteban), aunque los sonidos tipo bosque con los que han de desfilar las modelos no ayudan a mantenerse despierto. Sin embargo, Anke Schlöder (la primera diseñadora extranjera que participa en Cibeles, y cuyo nombre yo anoté como Anjke Scholoefer, a pesar de que aún sólo llevaba un zumito por mis venas) remata su show con cuatro preciosos vestidos de fiesta que consiguen despertar a la masa para el próximo desfile.

Krizia Robustella (a quien ya entrevistamos aquí hace unos meses) siempre busca un leit motiv divertido para sus colecciones: esta vez se inspiraba en las ferias que van de pueblo en pueblo y a mí, que me han puesto en primera fila para ocupar un hueco vacío (¡Tinta Digital en el front row!), me gusta tanto – a pesar de que descubro que se ve mucho mejor en las filas del fondo – que desearía quedarme con alguno de los globos que adornan la pasarela.

A partir de aquí es difícil recordar nombres de diseñadores o hilarlos con sus respectivas colecciones… Casi sin tiempo para pensar en lo que viene después nos adentramos en algo a lo que llaman ‘kissing room‘ y que es algo así como la celebración posterior a cada desfile. Además, resulta que esta pequeña fiesta tiene lugar en un reservado patrocinado por un vodka, por lo que ahí las tenemos tomando un par de cócteles de curaçao (con regustillo a plátano, aunque los camareros nos miran como a locas cuando se lo sugerimos) a las 11.30 (AM).

Apretada agenda

Con la copa aún en la mano, nos lanzamos a diseñar camisetas en el stand de una revista de moda, con un éxito irregular. ¿El alcohol, quizá? No. Posiblemente porque lo nuestro es mirar y aplaudir y no el patronaje. Cada uno, a lo suyo.

Al terminar, hemos de hacer cola pacientemente allí donde se instalan todos los que no tienen invitación. Si no se llena el aforo, tendremos la oportunidad de pasar, simplemente porque una grada llena luce más que una vacía con unos pocos elegidos.

Esta vez entramos. Comienza el desfile de vete a saber quién, porque ya a todos llegamos tarde, los vemos a lo lejos y el vodka ha dejado su huella. Nos gusta, pero es mejor aún criticar a la gente y ver cómo van todos tan modernos y nosotras tan poco apropiadas, y cómo muchos no disfrutan de todos los regalos y cosas simplemente por el qué dirán y nosotras lo cogemos todo porque más vale pájaro en mano.

En el siguiente descanso entre desfiles aprovechamos para apuntarnos a una sesión de maquillaje: llegamos a la conclusión de que habíamos quedado mejor en casa, pero no se lo diremos a nadie porque nos ha enseñado un experto y los expertos saben más que gente como nosotras.

Más desfiles y más descansos. En uno de ellos aprovechamos para comer. Dicen que en la sala de prensa hay paella pero hasta la cocinera dice que a eso no se le puede llamar paella, que si acaso ‘arroz amarillo con cosas’, así que decidimos pedir algo diferente en la cafetería. Estamos en Cibeles, la gente quiere estar delgada y hasta al croissant de jamón y queso le añaden lechuga. “Indignante” dice mi acompañante, que en realidad tiene poco que decir, porque es celíaca pero se envenena con bollos “porque es una ocasión especial”.

Un gran tesoro, muchos recuerdos

Revistas, bolígrafos, bolsos, monederos y batidos. El botín de regalos es muy inferior al conseguido en la pasada edición (la crisis afecta a esto y a las colecciones, más aburridas) pero por eso mismo no dejaremos de coger cosas. Mención especial merece la diseñadora María Barros, que es la única que da algo de merchandising (una libretita) como kit de prensa y además ofrece otra de las colecciones interesantes de la jornada… Aunque a mí me despisten los operarios de iluminación, que ocupan media pasarela.

Así pasa la jornada, entre descansos y desfiles. Podemos verlos casi todos (incluyendo el de El Delgado Buil, donde nos sorprenden con un final a cargo de cuatro pequeñas majorettes). Nos falta sólo el de Carlos Díez, que se llena siglos antes de la hora programada. La gente dice que es el mejor de la jornada y muy creativo, pero yo, que una vez más por mi público mato, me tomo la molestia de verlo en unas pantallas para acercar mis impresiones a los lectores de Tinta Digital y creo que no es divertido (como lo definen por ahí) y en el fondo me da hasta un poco de miedo. Esto lo he de decir sola porque mi acompañante me ha abandonado y se ha sentado en la mesa de otro stand a perder al póker.

Martes, 22 de Septiembre de 2009. A las 6:00 (PM) queda poco para clausurar la 50ª Edición de Cibeles Madrid Fashion Week y me alejo del pabellón 14 de Ifema pensando que tal vez si todo el mundo pudiese entrar a ver esto y ver lo divertido que es, mucha más gente se interesaría por la moda.


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