‘La edad de Hierro’, de J. M. Coetzee
Revelarnos a la indolencia, cuando hemos sido indolentes toda nuestra vida. No entender lo que sucede, porque en nuestro contexto social hay parámetros y normas a las que toda nuestra vida hemos estado acostumbrados, luego todo lo que sucede afuera, aquello que no logramos ver, no lo entendemos.
Para el estudioso Tzevan Todorov en su libro ‘La conquista de América. La visión del otro‘, comenta:
“Uno puede descubrir a los otros en uno mismo, darse cuenta de que no somos una sustancia homogénea, y radicalmente extraña a todo lo que es uno mismo: yo es otro (…) Puedo concebir a esos otros como una abstracción, como una instancia de la configuración psíquica de todo individuo, como el otro, el otro y otro en relación al yo; o bien como un grupo social al que no pertenecemos”.
‘La edad hierro‘, novela del sudafricano J.M. Cotezee, narra en ese sentido las desventuras de una mujer con cáncer terminal que, a manera de expiación, escribe una larga carta a su hija, que se encuentra fuera de Sudáfrica. Es una carta donde se conjugan la decepción y la esperanza plasmadas en la visón particular que tiene el personaje en torno a la sociedad sudafricana, un país en guerra donde nadie se entiende, deshumanizada por el resentimiento marcado por la segregación racial.
La vida en un mundo sin sentido
La señora Curren es una mujer madura, que entra entra en conflicto con su vida el mismo día en que se entera de su enfermedad mortal. Al regresar del consultorio del médico encuentra a un vagabundo negro durmiendo en el cobertizo de su casa. A primera impresión parece intimidada, sin embargo ese temor se va disipando, quizás por la certidumbre de su destino. Finalmente será mediante él que dará inicio al periplo que signfica el conocimiento real de todo aquello que se había negado a ver.
Para el crítico Gonzalo Portocarrero, Curren concibe la idea de trascendencia a través de sus acciones, en tal sentido convierte o pretende convertir la culpa en responsabilidad:
“Ella piensa que a los ojos de los blancos, sobre todo los policías, debe aparecer como una vieja loca, liberal y samaritana que está totalmente fuera de la realidad. A los ojos de los negros rebeldes, ella no existe, es una anomalía que, como no debería ser puede ser invisibilizada”.
En términos generales esta novela revuelve todo aquello que podía estar oculto dentro de una conciencia lúcida para un mundo concreto, pero cegada para aquello que simplemente está afuera. En pocas palabras: el personaje, conciente de su enfermedad, se pregunta si es posible aferrarse a la vida o a un mundo que, como ella, está condenado al fracaso o a la muerte misma.
El autor y Sudáfrica
Nuevamente el escritor (tema recurrente en él) nos sitúa en un país partido, y no precisamente por la mitad. La atmósfera sucede durante los últimos días del apartheid: las luchas de ambos bandos, unos para mantener todo como está y los otros, un pueblo vilipendiado que busca el reconocimiento que le corresponde como individuos.
Es una guerra y en medio de ésta, como en toda guerra, siempre hay muertos. Curren está contra todo tipo de apología a la muerte y trata de entender el porqué unos adolescentes son capaces de entregar su vida por algo, ¿qué pueden saber ellos de entregar una vida, si no han vivido lo suficiente?, parece ser el dilema.
Es posible entonces que Sudáfrica haya sido durante mucho tiempo como un pecado inconfesable, un pecado del que su hija decidió olvidarse huyendo a Norteamérica, un pecado que será absuelto por un marginal, por alguien que no está en ninguna parte, ni entre los negros (a pesar de serlo) ni los blancos, un vagabundo borracho llamado Vercuil.
En un artículo publicado en un artículo publicado en Letras libres, Juan Villorrio trata de entender la función de Cotezee en torno a los sujetos que conformaban el espacio de sus novelas, sobre todo los referentes a Sudáfrica:
“Coetzee proviene de un núcleo afrikaner, pero fue educado en la comunidad inglesa a la que nunca se integró del todo. Las leyes raciales y la ascensión del Partido Nacionalista complicaron las tensiones entre los grupos sociales sin que él se identificara con ninguno de ellos. Los negros le parecían menos rudos que los afrikaner, pero su sed de venganza era mayor”.
El otro y yo
“Me ha venido una idea a la cabeza: ¿a quién, entre todos los seres de la Tierra, conozco mejor en estos momentos? A él”, escribe la mujer, como un reproche. Si bien la novela empezó como la búsqueda final del ser querido y amado, se va convirtiendo en un largo reproche hacia su hija que siente la abandonado.
Vercuil es hermético y está derrotado como ella, es la única persona que la acompaña y la escucha, es la persona en que puede confiar, con el que inconscientemente logra percibir el descalabro de su mundo. “Yo es otro: Pero los otros también son yos, sujetos como yo”. Formula Todorov antes de la escisión del punto de vista de el otro o del yo.
Para Gonzalo Portocarrero, “el autor plantea una relación franca y sin trastiendas, un encuentro difícil de humanidades muy distintas donde, sin embargo, en el reconocimiento mutuo ambos se enriquecen. En ‘La Edad de Hierro‘ germina, pese a todo, una nueva socialidad en la que la diferencia deja de ser jerarquía y dominación”. He allí la absolución final que precede a la muerte.
Ficha técnica:
- Título: ‘La edad de hierro’
- Autor: J. M. Coetzee
- Editorial: Debolsillo
- Año de publicación: 2005, para esta editorial.














Referencia por Bitacoras.com el 26 de Julio de 2009:
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