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Francisco Javier Puchades nació en Valencia hace 26 años. En 2005 se licenció en Periodismo por la Universidad Cardenal Herrera - CEU, la misma universidad en la que en 2008 ha obtenido la licenciatura en Publicidad y Relaciones Públicas.

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La pureza fingida del Tour

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Poco, muy poco le ha durado al Tour de Francia su arrebato revitalizador. Un boicot de los corredores a la décima etapa (Limoges – Issodun) y la presión unánime de los directores de equipo han bastado para que la dirección de la ronda gala enterrase, apenas puesto en marcha,  su premeditado plan de correr sin pinganillos.

La amenaza y el temor a vivir un nuevo fraude de 200 kilómetros provocaron que la UCI saliese al rescate para reinstaurar el uso de los auriculares en la decimotercera etapa, un trazado montañoso entre Vittel y Colmar. En ella, el Tour pretendía recuperar las emoción que generaban antaño las etapas en las que el ciclista desafiaba en solitario a la carretera, sin ningún tipo de referencia ni contacto exterior con sus directores.

Esa fue la finalidad por la que se decidió experimentar sin pinganillo en dos de las etapas de esta edición 2009, y esa ha sido la frustración que ha llevado a lsus promotores  a rectificar su propósito.

El atrevimiento de la Vuelta

Alberto Contador ya advirtió tras la etapa de la polémica: “Los experimentos no son para el Tour”.  No le faltaba razón. La mejor carrera del mundo nunca ha tenido aspiraciones reformistas. Instalada en un clasicismo de corte inmovilista, la bandera de la innovación ha sido para otras carreras como la Vuelta Ciclista a España.

De la mano de Unipublic, la Vuelta ha sido capaz de inventar puertos imposibles como el Angliru. Con ella, la previsibilidad de la última etapa se ha transformado en la emoción de una contrarreloj, y hasta algún final de carrera se ha metido en el novedoso escenario de un estadio de fútbol.

La lucha contra los pinganillos la hubiésemos entendido mejor en manos de aquellos que siempre mostraron más atrevimiento, pero cuesta más digerirla de parte de una dirección francesa acostumbrada a vivir agazapada.

Viaje sin retorno

Volver al ciclismo libre y descarado representa un viaje imposible, por mucho que se empeñe el Tour. La fiebre táctica y, especialmente, los pecados de la medicina deportiva han metido al ciclismo en un nuevo siglo convulso.

Aquella pureza ya se perdió y no es posible rescatarla únicamente con el artificio sutil de prohibir las comunicaciones internas en carrera. Es el honor manchado pero, sobre todo, el intento de volver la espalda a una realidad abrumadora.

Nadie resiste hoy los envites de la tecnología. El pinganillo mata al espectáculo, pero da seguridad al corredor y a su director capacidad de control. El movimiento del Tour va en contra de la corriente que domina el deporte mundial, mucho más preocupado por aplicar los avances técnicos que por deshacerse de ellos.

El tenis con el sistema Hawk-eye o la natación con los nuevos tejidos de los bañadores ejemplifican la potente ofensiva del deporte para limar errores de la mano de la técnica. En el fútbol suspiran para empezar a aplicar esa receta. Por eso no se entiende el último esfuerzo de maquillaje del Tour. El pinganillo no resuelve nada.


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1 comentario. »

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