Fotograma

La noche pertenece a los mutantes y a los fantasmas, piensa Adriana mientras camina en la orilla de su amnesia. Como si fuera un vidrio, sus zapatillas rompen el silencio de la calle. Sus largos brazos hurgan en botes de basura. Para ella, los fantasmas del DeEfe protegen su camino.
—¿A dónde va usted cuando se le aparecen? —Pregunto.
—A ningún lado. Es más: los invoco con los pliegues de mi pensamiento —responde—. Ellos son mejores conversadores que los humanos.
La luz roja del semáforo, que parpadea como si tuviera un ataque, y los faros rojos de un automóvil se reflejan en su mirada absorta. Viste de negro amnesia, lo cual contrasta con su piel blanca y rostro arrugado. Pero el exagerado maquillaje en sus ojos le da un aspecto de misterio y locura. Cree que las criaturas oscuras de la Ciudad Monstruo encierran a los humanos en sus casas por la noche, por eso la avenida y los parques están solos.
—Si la calle es su casa ¿da lo mismo quedarse en cualquier parte?
—No vivo en ningún lado —contesta mientras se sube el cuello de su abrigo para cubrirse del frío—. Mi hogar está aquí —señala su cabeza con el dedo índice y luego su corazón—, un paraíso más allá de las reglas sociales.
El lento paso de sus pies hace creer que quizá sus zapatillas le aprietan. Ella dice que es argentina, pero su fingido acento indica lo contrario. No parece alguien que duerma sobre las banquetas sino una mujer que de pronto salió de una fiesta a encender su cigarro y se olvidó de la reunión. En la oscuridad su figura se rediseña entre vehículos dormidos y luces de neón, poco a poco se pierde en la vía con sus alas maltratadas.













