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Fernando Mexía nació en Oviedo en 1978. Es corresponsal de una agencia de noticias en Los Angeles y previamente estuvo destinado en Tokio. Con experiencia en radio y televisión, cuenta con un máster en Relaciones Internacionales y Comercio Exterior. Es además un activo blogger atrapado por las redes sociales. Blog | Twitter

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Irán: anhelos de Occidente

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Musavi no es Jomeini y las protestas iraníes están lejos aún de ser una revolución. A estas alturas parece evidente que Occidente ha sobrevalorado -al menos sus medios de comunicación- las manifestaciones de Teherán con la esperanza de azuzar un cambio político que disipe muchas tensiones internacionales de un plumazo sin necesidad de invocar la fuerza bruta.

Una oportunidad caída del cielo para que la Administración Obama ponga a funcionar la maquinaria del soft power (Joseph Nye) que está en la raíz de la estrategia exterior del presidente del “Yes, we can“, una aproximación mucho más amable y largoplacista que la perseguida por la inmediatez de las acciones militares promovidas por los “halcones” que regían la Casa Blanca de George W. Bush.

La prensa internacional -especialmente la estadounidense- ha repetido hasta la saciedad que internet y, sobre todo, redes sociales como Facebook y Twitter, se han convertido en el motor de las revueltas ciudadanas en la capital iraní tras las elecciones presidenciales del 12 de junio y, por tanto, en la savia que alimenta una transformación que se nos presenta como inevitable.

Es fácil vender a los occidentales que la población no quiere vivir bajo una dictadura -o pseudo dictadura, en este caso- pero cuesta creer, sin embargo, que un país dirigido por un comité de clérigos que mimetiza ley islámica y código civil y se esfuerza por bloquear la influencia cultural estadounidense para mantener el statu quo, tenga desarrollada una infraestructura de comunicaciones que incentive el acceso individual a una red donde prima la libertad de expresión.

Internet, actor secundario

El Partido Comunista chino, mucho más aperturista a occidente por puro interés pecuniario, le mete mano a internet siempre que puede, ¿por qué no los dirigentes iraníes?. La corresponsal enviada por el diario El País a la capital de Irán para seguir la insurrección civil postelectoral calificaba de “exasperante” por su lentitud la conexión a la red de este país.

Si a esto se le añade que la mayoría de la gente no tiene acceso a internet y que Irán no es un mercado prioritario para los fabricantes de teléfonos móviles inteligentes como el iPhone o la BlackBerry (que permiten el intercambio ágil de correos electrónicos, el uso de Twitter…), hay suficientes motivos como para dudar del protagonismo de la red de redes en las revueltas.

Un experto de la Havard Business School comentaba esta semana en una radio estadounidense que la incidencia de Twitter en la dinámica de las protestas en Irán era muy secundaria. Tras analizar los mensajes cortos de este sistema de comunicación se llegó a la conclusión de que muy pocos iraníes estaban informando a pie de calle a través de Twitter. El fenómeno social viene después, cuando los extranjeros “pescan” esos textos de 140 caracteres y los reemiten (retweet) produciendo un efecto multiplicador del testimonio original.

La impunidad del silencio

El régimen de los ayatolás se ha preocupado mucho de cortar el acceso a la información a la prensa internacional y está tratando de cerrar el grifo a los blogueros iraníes para hacer lo acostumbrado por las dictaduras, silenciar a los rebeldes para actuar con impunidad. Aquí paz y después gloria. Eso hace que se tienda a recibir desde el exterior cada atisbo de noticia como si fuera oro puro, pero habría que ser más escrupuloso a la hora de valorar los mensajes que surgen de una fuente desconocida que no se puede contrastar.

El gobierno de Obama pidió a Twitter que retrasara un parón temporal del servicio para tareas de mantenimiento con el fin de seguir dando un hilo de comunicación a los usuarios iraníes para interactuar con el extranjero. En general, la respuesta de los gobiernos occidentales a los sucesos en Irán ha sido de tibia crítica.

Los expertos en la región insisten en que las protestas afectarán poco a la estabilidad del régimen totalitario y acentúan el hecho de que tienen más que ver con un descontento electoral por la reelección de Mahmud Ahmadinejad que con una revolución para derrocar a los ayatolás e instaurar una democracia estándar.

Como en Venezuela

Los sucesos de Irán parecen tener más similitud con las marchas de los opositores a Hugo Chávez en Venezuela que con el movimiento liderado por Jomeini en 1979 para derribar la autocracia del último Sha de Persia, Reza Pahlavi. Una auténtica revolución que contó con el apoyo ciudadano y prosperó ante la debilidad de aquel gobierno.

En esta ocasión ni la estructura del sistema islámico se tambalea, ni el movimiento social es suficientemente masivo como para imponer una transformación política, al menos por el momento.

No hay que olvidar que Irán no es Teherán solamente -donde se producen la mayoría de las protestas- y que es  probable que, a pesar de las acusaciones de fraude electoral, Ahmadinejad obtuviese más votos que Mir Husein Musavi en los comicios del 12 de junio.

En esta manía maniquea de entender las cosas en Occidente, se nos presenta a Ahmadinejad como el malo de la película y a Musavi como el salvador de los débiles y los oprimidos. El cabecilla opositor, no obstante, no promueve el fin del gobierno islámico, sólo algunas reformas sociales. Musavi no es Jomeini, pero tampoco es Gandhi, Martin Luther King o Nelson Mandela. El desorden social en Irán está lejos de la revolución bolchevique de 1917 o la húngara de 1956, la “Primavera de Praga” de 1968, aunque va camino de evocar la masacre de la plaza de Tiananmen (1989).


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