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Javier L. Sicchar nació en Lima (Perú) el 29 de agosto de 1976. Estudió Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, por cosas que hasta ahora no logra entender. Finalizada la carrera, estudió una maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana y terminó una segunda especialidad en Periodismo. Actualmente, colabora para el semanario Iquitos al día y trabaja como responsable del centro de recursos educativos de un colegio en la capital de Perú.

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Mis suicidas favoritos (II)

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En la estantería siempre están, al menos en la mía, suelo verlos como si dijeran algo después de algún tiempo de haberlos leído. Viven y transforman sus vidas en una especie de leyenda o mito urbano ¿Cómo lo hizo? ¿En qué pensaba cuando lo hizo? Los escritores suicidas, mis escritores suicidas, están aquí.

El rito de la muerte

En esta ocasión mencionaré a uno que fiel a su tradición hizo de este acto, un verdadero rito, Yukio Mishima, escritor y novelista japonés muy conocido en occidente. De niño fue sobre protegido por su abuela paterna, creando practicamente a un ser enfermizo y temeroso. Es después de la muerte de ésta que el escritor decide romper con su pasado, creando incluso una sociedad en donde se cultivaba la cultura física y las artes, Tatenokai.

La primera novela de Mishima se tituló Confesiones de una máscara’, novela de corte autobiográfico en donde el tema de la muerte y el goce sexual están altamente relacionados. Fue en su momento muy criticada por la sociedad japonesa, lo que no impidió que el escritor se hiciera conocido y viviera de esto.

En 1970, perseguido quizás por el deshonor de haber sido dejado de lado como kamikaze, porque se decía que tenía fiebre, lo cual hubiese quitado honorabilidad a su muerte. Se reúne con tres miembros de su sociedad, entre los que cabe mencionar a Morita (que se especula fue su amante) y se dirigen al Ministerio de Defensa para arrestar al comandante en jefe de esa época y rechazar la constitución que los Estados Unidos les había impuesto después de la Segunda Guerra Mundial. Proclamando ante todos la autoridad del Emperador de Japón. Al saberse (aunque sospecho que siempre lo supo) derrotado, acabó con su vida siguiendo el viejo ritual samurai, que ya no se practicaba desde que acabara la Segunda Guerra Mundial, seppuku –harakiri, Morita acabaría decapitándolo ante el que parece fue un primer fallido intento de suicidio.

La muerte en el alma

Alejandra Pizarnik, poeta argentina, que parece haber incubado en la muerte una elegía a la que podía algún día sucumbir sin mucho esfuerzo, tanto que su poesía propiamente dicha alcanzaba los bemoles que la muerte en toda su extensión profesaba.

Como la juventud de esa época era asidua a las anfetaminas y a otro tipo de drogas, hay referentes en torno a la poca tolerancia que tenía hacia la vida en sí, casi como una vocación enfermiza, algunos estudiosos , aducen que fue debido a su origen, hija de padres judíos que huyeron del holocausto nazi. Lo que más adelante repercutiría en la extraña sensación de ser una expatriada, de no estar en ninguna parte.

El 25 de septiembre de 1972 muere de una sobredosis de senocal, queda como rastros de su existencia su obra poética, cartas y diarios, puedo acercarme de manera arbitraría con lo hasta el momento expuesto con este poema titulado, ‘El miedo’:

En el eco de mis muertes
aún hay miedo.
¿Sabes tu del miedo?
Sé del miedo cuando digo mi nombre.
Es el miedo,
el miedo con sombrero negro
escondiendo ratas en mi sangre,
o el miedo con labios muertos
bebiendo mis deseos.
Sí. En el eco de mis muertes
aún hay miedo.

Para estos escritores la muerte es un acto sublime, el grado sumo, habíamos dicho en la primera entrega que el suicido es una conducta autodestructiva en la que las personas buscan solucionar los problemas que les aquejan de manera abrupta (quitándose la vida). La disconformidad en ese sentido toma la forma de ese último ángel, que te lleva hasta donde ellos han encontrado siempre la estación privilegiada de sus almas atormentadas.

La realidad esquiva

Virginia Woolf por ejemplo, conocedora de su enfermedad psicológica, decidió terminar con su vida, sufría de trastorno bipolar, lo que la obligó a tener que recluirse junto a su esposo Leonard Woolf en una pequeña casa de campo en Rodmell. El apellido Woolf  lo tomo de su esposo, recordemos que estamos hablando de las primeras décadas del siglo XX, cuando las mujeres libre pensadoras, era un hecho conocido por pocos, sobre todo por los intelectuales, como fue el caso del grupo de Bloomsbury, del que fueron asiduos los esposos antes de casarse.

Una de sus obras pilares por llamarla de algún modo es ‘La señora Dallowayy cuyos temas principales son precisamente la locura y el feminismo. Un día en la vida de Clarissa Dalloway es la visón que Virginia tenía en torno a su género, Clarissa es una mujer reprimida que sin embargo busca muy dentro suyo una oportunidad para salir (nuevamente la idea de la salida, de escaparse, en el personaje principal) tal como lo hiciera Séptimus suerte de alter ego de la escritora, al arrojarse desde una ventana.

Virginia Wolf se suicidó el 28 de marzo de 1941, ahogándose en un río, para ello puso unas piedras en los bolsillos las cuales impediría que ella pudiese salir a flote. Quizás porque a pesar de sus trastornos, creyó que la única manera de dejar las cosas en su sitio, sería no salir más hacia esa realidad esquiva.

Finalmente

Redescubro, mientras termino de escribir ciertos detalles de éstos escritores, detalles que quizás haya pasado por alto, en esos momentos de efervescencia, cuando  estaba inmerso en la lectura de una obra determinada, cuando de repente creía que sólo importaba lo que leía. No sé si los autores buscan, en ese sentido, decirnos algo, si piensan en sus posibles lectores o simplemente es una necesidad de gritar. Es un grito silencioso que en su momento era necesario o, tal como dijo un suicida al que no he leído todavía, debo admitirlo, y que es una deuda que espero pagar pronto, Hunter S. Thompson a manera de confesión a su amigo Ralph Steadman… que se sentiría realmente atrapado si no supiera que podía suicidarse en cualquier momento. Palabras de Hunter, palabras que no dejan de ser descabelladas al tomar en cuenta que todos estos escritores de alguna manera siempre necesitaron de cualquier forma, escapar como fuera de nuestra intolerable cordura.


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2 comentarios. »

  1. Uno de los míos es José Asunción Silva de quien Carlos Vidales (Departamento de Español y Portugués Universidad de Estocolmo, Suecia) escribió:

    “El 23 de mayo de 1896, a eso de las once de la noche, José Asunción Silva, joven poeta, bogotano aristocrático de 31 años de edad, se despidió de los amigos con quienes acostumbraba conversar en diaria tertulia y dio a su madre y a su hermana Julia el beso de las buenas noches. Antes de salir de la sala, uno de sus comensales lo detuvo para invitarlo a almorzar al día siguiente. Pero Silva le respondió que eso no sería posible a causa de su salud quebrantada y añadió algunas palabras acerca de la inutilidad de la vida. Su amigo, tratando de reprocharle su pesimismo, le dijo entonces:

    –Si sigues así, no me sorprenderá que te des un balazo el día menos pensado.

    –¿Quién, yo? ¡Sería curioso que yo me matara! –contestó Silva con mucha presteza, pero sonriendo.

    Cumplidas las despedidas, Silva se dirigió a su habitación. Se desnudó y luego se vistió con otras ropas limpias y preparadas al efecto: pantalones de casimir, botas de charol y una camiseta de seda blanca en la que se podía ver dibujada la silueta del corazón, precisamente sobre el lugar donde debía encontrarse ese órgano vital. Después se supo que esa misma mañana el poeta había visitado a su médico y amigo, el doctor Juan Evangelista Manrique, con el pretexto de pedirle un remedio contra la caspa. El doctor Manrique recordaría más tarde que Silva le había pedido, como al pasar, que le dibujara en la camiseta con un lápiz dermográfico el lugar exacto del corazón.

    El poeta se recostó luego en su lecho y empuñó el revólver que tenía preparado para ese momento. Colocó la boca del cañón en el centro del dibujo de su corazón y oprimió el gatillo. La bala trazó un relámpago de muerte en el pecho del suicida y, dice un historiador, “le puso fin al poema de su melancolía”.

    Nadie oyó el estampido. A la mañana siguiente, la anciana criada que entró a la habitación trayendo la bandeja del desayuno, encontró al cadáver, con los ojos abiertos y la expresión tranquila.

    No dejó carta de despedida, ni explicación escrita sobre los motivos del suicidio. Sus funerales consistieron, según la norma impuesta en la época por la Iglesia Católica, en arrojar el cadáver a un muladar. Los suicidas no tenían derecho a la paz del cementerio, reservada exclusivamente a los fieles practicantes del amor y de la compasión.”

    Su obra más hermosa, a mi juicio, es el Nocturno III:

    “UNA NOCHE (NOCTURNO)

    Una noche
    Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
    Una noche
    En que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,
    A mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
    Muda y pálida
    Como si un presentimiento de amarguras infinitas,
    Hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
    Por la senda que atraviesa la llanura florecida
    Caminabas,
    Y la luna llena
    Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
    Y tu sombra
    Fina y lánguida
    Y mi sombra
    Por los rayos de la luna proyectada
    Sobre las arenas tristes
    De la senda se juntaban
    Y eran una
    Y eran una
    Y eran una sola sombra larga!
    y eran una sola sombra larga!
    Y eran una sola sombra larga!
    Esta noche
    Solo, el alma
    Llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
    Separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
    Por el infinito negro,
    Donde nuestra voz no alcanza,
    Solo y mudo
    Por la senda caminada,
    Y se oian los ladridos de los perros a la luna,
    A la luna pálida
    Y el chillido
    De las ranas,
    Sentí frio, era el frío que tenían en la alcona
    Tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
    Entre las blancuras niveas
    De las mortuorias sábanas!
    Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
    Era el frío de la nada…
    Y mi sombra
    Por los rayos de la luna proyectada,
    Iba sola,
    Iba sola
    !Iba sola por la estepa solitaria!
    Y tu sombra esbelta y ágil
    Fina y lánguida,
    Como en esta noche tibia de la muerta primavera,
    Como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
    Se acercó y marchó con ella,
    Se acercó y marchó con ella,
    Se acercó y marchó con ella…!Oh las sombras enlazadas!
    !Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!….”

    Un saludo desde Medellín, Colombia

  2. Sólo el que conoce la “enfermedad”, prefiero el término antiguo Melancolía a Síndrome depresivo mayor o como la define otro enfermo: Brainstorm, puede comprender a los suicidas y el poema Miedo de A Pizarnik.
    Siempre presente el miedo, la angustia, el terror sobre todo nocturno, extranjero entre sus semejantes, ser marginal, se siente vació lee tratando con los fragmentos pescados aquí y allá de rellenar el hueco interno, la herida que drena incesantemente la sustancia pringosa, sin conseguirlo, los antidepresivos lo ayudan a sobrevivir, lo más probable es que además de la enfermedad se adquiera algún vicio: alcohol, mariguana, etc. Beber hasta la inconciencia para no pensar, buscar el lugar más oscuro de la habitación para ahí acostarse a sufrir a llorar a gritar aunque el pudor la mayoría de las veces lo inhiba a uno.

    Saludos desde Cuernavaca, Morelos,México.

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