Rusia, el visitante incómodo
Una costumbre que ha adoptado el Ministerio de Exteriores no hace mucho es la de rodear la madrileña fuente de La Cibeles con banderas cuando algún representante estatal viene en visita oficial. Sucedió recientemente con la de Argentina, cuando su presidenta visitó el país, y sucede ahora con Rusia.
Dmitri Medvédev, presidente ruso, en España. Tres días de recepciones oficiales, entrevistas de primer nivel y ágapes a la altura de lo que es, un líder de Estado. Pero a nadie se le escapa que, pese a que nuestra Ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, anduviera la pasada semana por Siberia conociendo cómo funcionan en condiciones extremas las redes de transporte rusas (por aquello de que la nevada que afectó a las comunicaciones del país hace unas semanas), la visita de Medvédev no es una visita de cortesía: es una visita incómoda.
En el caso concreto de España, las relaciones con Rusia nunca han sido manifiestamente malas (por otra parte, es complicado tener problemas territoriales o estratégicos a miles de kilómetros de distancia), al menos mientras las áreas estratégicas no entraran en conflicto. Hasta que sucedió.
El culebrón Lukoil, el precedente Endesa
Las intenciones de la petrolera rusa Lukoil de hacerse con Repsol desataron una polémica política enorme hace unos meses. Al Gobierno no le hizo gracia: el vicepresidente económico, Pedro Solbes, fue claro (todo lo claro que él mismo puede llegar a ser) al decir aquello de que no vería muy lógico haber privatizado un sector estratégico para que un gobierno, encima extranjero, acabara entrando en él.
De hecho, la legislación española protege los sectores considerados energéticos, entre ellos la energía. Lo que no se mencionó es que Repsol no es exactamente española, sino hispano-argentina (la coletilla de ‘YPF’), por no hablar de que esta empresa tan española debe su existencia a cómo exprimen los recursos de muchas zonas de América Latina, lo que le ha costado ya algún enfrentamiento con gobiernos como los de Ecuador, Venezuela o Bolivia que, por más que quieran, tampoco pueden expulsar así como así a la compañía que compensa, al menos con infraestructuras, determinadas zonas de dichos países.
A la oposición le hizo aún menos gracia que al Gobierno: los mismos que rechazaron que Gas Natural y La Caixa compraran Endesa y que acabaron viendo con mejores ojos la entrada de E.On, gigante energético alemán, que finalmente fracasó. Con el tiempo fueron Acciona y Enel, italiana, quienes compraron Endesa, cuyo presidente se convirtió en el fichaje estrella de Rajoy de cara a las elecciones (hoy olvidado en una esquina del hemiciclo). Todo aquel culebrón acabó recientemente con la compra por parte de Enel del paquete accionarial de Acciona: Endesa, otra empresa estratégica, es finalmente italiana, como pudo haber sido alemana.
En el caso ruso, no obstante, existía cierto acuerdo entre Gobierno y oposición: a ninguno les gustaba, aunque variaban las formas de expresarlo. Puede que el PP sintiera más simpatía por la entrada de una empresa alemana, quién sabe si porque Angela Merkel dirige el país, que una italiana, en aquel entonces era Romano Prodi quien intentaba capear el temporal italiano.
No hay empresa rusa fuera del Kremlin
La diferencia con Rusia es que esa línea delgada que separa a las grandes empresas estratégicas del Gobierno no existe, y ese era el matiz al que Solbes se refería: como si de una extraña herencia soviética se tratara, la Rusia actual sigue sin permitir que las grandes empresas se alejen de los designios del Kremlin.
Que le pregunten si no Mijail Khodorkovsky, multimillonario ruso que controlaba la empresa hasta que decidió ignorar a Vladimir Putin, entonces presidente del país (hoy primer ministro y voz en la oreja de Medvédev, como en los tiempos que compartieron en San Petersburgo). Inmediatamente le convirtieron en un enemigo, como hicieron con Alexander Kasparov, candidato opositor al que han detenido ilegalmente varias veces, Alexander Litvinenko, espía misteriosamente envenenado, o Anna Politkovskaya, periodista que se atrevió a criticar la línea del Kremlin en las repúblicas caucásicas. En cierto modo Khodorkovsky ha tenido más suerte que estos últimos: el Gobierno declaró la empresa en bancarrota, la intervino y a él lo envió a Siberia, donde sigue. No contentos con controlar Gazprom también quisieron Yukos.
Diplomacia y necesidad
La diplomacia rusa brilla por su ausencia. El Gobierno del país se ha enfrentado en los últimos años con Estados Unidos a cuenta del escudo antimisiles y de sus relaciones con algunos líderes latinoamericanos, con Kosovo (cuya independencia no reconoce para no legitimar las demandas de las repúblicas caucásicas, como España), con Georgia (cuyo suelo invadió de forma unilateral sin que nadie se opusiera para garantizar el control estratégico de la zona), con Ucrania (a quien ha cortado el gas en varias ocasiones), con Alemania… e incluso con una empresa tecnológica como Dell, con cuyo presidente se encaró en el Foro de Davos.
Pero Rusia también tiene amigos. El diario Público desveló que el Rey llamó insistentemente a Zapatero para mostrarle su disposición a que la operación de Lukoil saliera adelante. No faltó quien dijera que la reacción del monarca pudiera deberse a aquel feo incidente con un oso, inofensivo y drogado, al que supuestamente el Rey abatió en una cacería ilegal.
Cómodo o incómodo, Rusia sigue siendo un gigante: sus recursos, su historia y su peso estratégico está fuera de toda duda. De una forma u otra todos los Gobiernos acaban sentando en su mesa a invitados insoportables a quienes conviene tener al lado. Aunque sus modales sean terroríficos.














Notificacion por Blog de Notas » Número 35 el 02 de Marzo de 2009:
[...] Actualidad. Rusia, el visitante incómodo [...]
Comment por Marta el 05 de Marzo de 2009:
Es una pena que la dependencia de una única fuente de energía rusa aumente la vulnerabilidad de Europa y lo que es peor, en lo que está derivando: que se extienda la fabricación de reactores nucleares por todos lados para poder hacerle la competencia (véase el acuerdo franco-italiano).
¡Deberíamos de ser capaces de buscar fuentes de energía renovables alternativas!