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Javier L. Sicchar nació en Lima (Perú) el 29 de agosto de 1976. Estudió Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, por cosas que hasta ahora no logra entender. Finalizada la carrera, estudió una maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana y terminó una segunda especialidad en Periodismo. Actualmente, colabora para el semanario Iquitos al día y trabaja como responsable del centro de recursos educativos de un colegio en la capital de Perú.

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Violencia política en la literatura peruana

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Durante la década de los ‘80 y parte de los ‘90 en el Perú se vive una las peores guerras civiles de su historia, en un primer momento liderados por Sendero Luminoso (SL) y posteriormente de la misma forma violenta, reprimida por las fuerzas armadas. Intentar explicar la coherencia de este conflicto sería largo de detallar, además que no es objeto concreto de esta nota.

Durante los últimos años se ha publicado diversos estudios sociológicos y antropológicos sobre la violencia política en el Perú. En ese sentido han salido a la luz diferentes títulos, entre la que destaca la galardonada, Lituma en los Andes (Premio Planeta, 1993), de Mario Vargas Llosa, Abril rojo, de Santiago Rocangliolo (premio Alfaguara, 2006) y La hora azul, de Alonso Cueto (Premio Herralde, 2006) de la editorial Anagrama.

La importancia de cómo se dicen las cosas

Estas novelas tienen de por sí sus propias visiones personales e ideológicas, donde juega un papel importante la palabra: cómo se comunica, cómo se dicen las cosas tiene mucho que ver con una postura determinada, ya sea a nivel de contexto social, particular, o incluso geográfico.

La tensión que da forma al Perú

También es importante plantearse qué papel jugó en los subconscientes de los escritores mencionados el crítico Victor Vich en su libro: El canibal es el otro. Violencia y cultura política en el Perú, en el dice que cada narración simbólica “trae consigo un conjunto de explicaciones sobre lo que considera que son las causas de la violencia y además una imagen sobre lo que cree que es el Perú”.

Esta violencia, que si bien tuvo como principales víctimas a los pobladores del interior del país, campesinos en su mayoría, repercutió más adelante en todos los estratos sociales. ¿Tan identificados se sentían unos con otros? Según el Informe de la Comisión de la Verdad, “de cada cuatro víctimas, tres fueron campesinos o campesinas cuya lengua materna era el quechua. Se trata, como saben los peruanos, de un sector de la población históricamente ignorado por el Estado y por la sociedad urbana, aquélla que sí disfruta de los beneficios de nuestra comunidad política”.

Hablamos entonces de una diferenciación social que trajo consigo un desconocimiento casi total del mundo andino. Como Victor Vich nos explica en su libro, “desgraciadamente, las Fuerzas Armadas no supieron sino imitar los métodos de SL, disparando indiscriminadamente dentro de una estrategia militar que, al parecer, durante algunos años, fue concebida como una planificada política de exterminio donde salieron a la luz muchas de las principales tensiones culturales que dan forma a la sociedad peruana general”.

La visión de las provincias

En ese aspecto, las novelas como las de Vargas Llosa, Roncagliolo o Cueto si bien tratan de decir algo, no llegan a abarcar justamente esa voz que por momentos desconocen y cuyo razonamiento del mismo será diferente, por ejemplo, en novelas como Adiós Ayacucho, de Julio Ortega, o Rosa Cuchillo, de Oscar Colchado, escritores de origen provinciano, o por decirlo de otro modo, escritores que vienen del más allá de los edificios y grandes avenidas.

Cada libro en mención  sería objeto de un análisis particular. Pero como conclusión, se puede definir que los discursos son diferentes y las realidades también. Sendero Luminoso da inicio a lo que ellos consideraban la “lucha armada” a partir de 1980, cuando toman y queman las ánforas electorales en el pueblo de Chuschi del departamento de Ayacucho en la víspera de las elecciones de ese mismo año.

De alguna manera siempre se tuvo como un hecho aislado lo que sucedía en las provincias. El centralismo del Perú en ese entonces era mucho más marcado de lo que aún es; por tal motivo, el entendimiento de lo que acontecía no era el mismo en Lima que en Ayacucho. Lima se vio remecida sobre todo cuando la guerra de SL llegó hasta la capital, cuando nos dimos cuenta que aquello que contaban no era sólo brabuconadas de locos. Los apagones, los asesinatos a diestra y siniestra o la voladura de un edificio con coche bomba ubicado en la calle Tarata en Miraflores, distrito de clase media alta de Lima, nos dio el anuncio claro que aquello, en ese momento, era la realidad.

La literatura, una forma de entender

Para el crítico Gustavo Faveron, que hizo una antología de cuentos sobre la violencia política en el Perú titulado Toda la sangre (Matamalanga, 2006), ésta tiene una explicación que llega de diferentes vertientes, discursos que quizá no pueden coincidir, pero que dicen o cuentan algo. Es mediante la literatura que podemos quizás reflexionar sobre estos temas.

En un artículo publicado en el diario La República sobre libros de guerra, Faveron afirmaba que el motivo principal de los cuentos reunidos en ‘Toda la sangre‘ fue principalmente la de “entender lo sucedido, y la idea de que en nuestra literatura están acaso las reflexiones más interesantes que se han producido hasta ahora sobre esa violencia que nos ha marcado recientemente.”

Cabe mencionar finalmente que la literatura sobre la violencia política es, y seguirá siendo, un tema de discución en cuanto siempre se tratará de buscar las razones concretas desde diversas perspectivas del ¿por qué llegamos a esto?. Puede ser que encontremos algo aquí, en la literatura.


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1 comentario. »

  1. en méxico las cosas han hecho que la literatura sea narcoliteratura

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