Israel, un gigante con cinco cabezas
Tzipi Livni, la candidata del Kadima, partido centrista actualmente en el Gobierno, ha conseguido ganar, pero no ha ganado. Para rizar más el rizo, sus compañeros de partido están contentos. Lo primero se explica diciendo que su formación ha sido la que más escaños ha conseguido en el Knesset, el parlamento hebreo, aunque no ha logrado cosechar una mayoría suficiente para gobernar; lo segundo se aclara si se tiene en cuenta que pocos días antes de las elecciones los sondeos les colocaban por detrás de la que finalmente ha sido la segunda fuerza más votada.
Un trabalenguas así sólo lo pueden entender en Israel, donde están acostumbrados al bloqueo político. De hecho, lo común es acudir a las urnas a votar antes de hora (ha sucedido ahora, en 2006, en 2003, en 1999…). Quizá por eso a ningún lugareño le inquieta la encrucijada política en la que se encuentra el país después de las elecciones celebradas durante la pasada semana.
Pero no todas las lecturas enrevesadas terminan ahí: mientras en la mayoría de países del mundo el bipartidismo es la norma, Israel puede presumir de tener a cinco fuerzas políticas repartiéndose los escaños, dos como las más votadas y otras tres como partidos bisagra; no obstante, salvo una pequeña excepción, todos esos partidos representan una única opción política conservadora con matices de nivel: los hay muy conservadores y los hay conservadores a secas.
Ganadores y perdedores
De los 120 asientos de la Cámara hebrea, el Kadima sigue siendo la fuerza con más representación, algo impensable hace un par de semanas cuando los sondeos daban por sentado que Benjamín Netanyahu sería el vencedor y volvería a ocupar el puesto que tuvo durante una legislatura hace diez años. Ahora más que nunca se demuestra que el gesto de invadir Gaza (como el momento de retirarse horas antes de la toma de posesión de Obama) no fue casual: la imagen de firmeza dada por el Ejecutivo ha sido bien recibida por el electorado, que a última hora le ha dado más apoyos de los esperados.
Detrás, con 27 escaños, el derechista Likud, que consigue más del doble de lo que consiguió en las elecciones de 2006 cuando sufrieron una enorme sangría de votos tras la salida de algunos de sus principales miembros, precisamente para formar Kadima. La lectura es clara: tras tres años de recomposición el partido ha resurgido de sus cenizas. Como su propio nombre indica en su traducción, se han consolidado.
Les sigue como tercera fuerza política el ultraderechista Israel Beitenú que ha hecho historia al conseguir 15 asientos. Los tres partidos anteriores ganan, aunque nadie gane… pero, ¿quién pierde? Pierden los partidos de izquierdas, los que más implicación tuvieron en la creación del Estado de Israel: los laboristas se quedan con 13 asientos (tuvieron 19 durante la anterior legislatura), mientras que Meretz y los comunistas se quedan en tres asientos testimoniales por partido.
Las posibilidades de Gobierno
Tzipi Livni desea gobernar, pero tiene complicado convertirse en la nueva Golda Meir. Lo desea desde el mismo momento en que su predecesor en el cargo y compañero de partido, Ehud Barak, tuvo que dimitir ahogado como estaba por los escándalos de corrupción. Su primer movimiento ha sido dirigirse a Israel Beitenú, que fuera socio de su gobierno durante apenas un año, pero su alianza es una historia de amor a todas luces imposible que sólo traería un gobierno inestable.
Israel Beitenú nació cuando su líder, el ultraortodoxo Avigdor Lieberman abandonó el Likud por sus posturas respecto a los palestinos, que juzgaba demasiado permisivas. Es decir, exactamente el mismo camino -a la inversa- que el propio Kadima, que nació cuando Ariel Sharon (responsable de el genocidio de Sabra y Chatila o de los asesinatos de Qibya) fuera considerado un blando a ojos de Benjamin Netanyahu, líder del sector más duro del partido. En este caso, el que fuera halcón de hierro contra los palestinos unió a sus fieles dentro del Likud junto a laboristas descontentos y creó Kadima en una cabriola política sin precedentes.
En resumen, de un único partido nacieron tres, uno que huía de la línea dura del Likud en Gaza y otro que reclamaba más mano dura. Un acuerdo entre ambos extremos se antoja imposible. En cambio, lo más fácil es pensar que Netanyahu y Lieberman, que antes de pasar por Likud formó parte de un partido que fue ilegalizado por sus posturas racistas contra los árabes, enterrarán sus diferencias para buscar una salida negociada. Derecha con ultraderecha para gobernar Israel.
Las opciones para Palestina
Si efectivamente se cumple ese futurible, con Netanyahu como cabeza visible y Lieberman como ‘número dos’, el futuro se dibuja negro para un acuerdo de paz con Palestina. Lieberman es partidario de un Estado palestino, sí, pero previa redimensión de fronteras, expulsando a los árabes de Israel (la traducción del nombre de su partido es “Israel nuestra casa”) y promoviendo la emigración de hebreos hacia Gaza. En dos ideas, guetos y limpieza de sangre. En cualquier caso, esa alianza sumaría únicamente 42 asientos, con lo que seguirían faltando 19 para lograr el Gobierno según el escrutinio total, aún no oficializado por el Knesset.
Más complicado aún es que Livni lograra cerrar acuerdos de Gobierno. Sólo hay dos posibles excepciones: un pacto de Estado con Likud, que sólo necesitaría seis asientos más para formar Gobierno, o jugar la baza de que es un partido de centro y formar un Ejecutivo multicolor picoteando apoyos entre los más moderados a ambos lados del espectro político.
Cualquiera de las opciones se antoja complicadas: los dos partidos mayoritarios han sacado resultados prácticamente iguales y las tres fuerzas siguientes (la de Lieberman, los laboristas y el Shas) también tienen las mismas fuerzas, asiento arriba asiento abajo. Una vez más resultará casi imposible conseguir un gobierno estable para una de las zonas más inestables del planeta.














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