El deporte como bandera social
Dos cifras han empujado a Lance Armstrong en su regreso al ciclismo. La primera, los 1.274 días que llevaba sin competir. Exactamente desde el Tour de Francia 2005. La segunda, los 27′5 millones de personas que han muerto a causa del cáncer en todo ese tiempo. Tanto le han influido que el tejano se las ha marcado a fuego en el cuadro de la bicicleta que ha montado en el Tour Down Under de Australia que terminó el pasado fin de semana y que supone la primera prueba seria en su calendario de 2009.
Armstrong insiste en que no vuelve para engordar su leyenda con el octavo Tour de Francia. El sábado pasado, en una multudinaria rueda de prensa antes del inicio de la prueba, aseguró a los periodistas que regresaba “para llevar el mensaje de Livestrong por todo el mundo“. Livestrong es la fundación con la que se dedica a la lucha contra el cáncer, enfermedad que en 1996 estuvo a punto de retirarlo de por vida.
En Australia hemos visto la bicefalia que previsiblemente lo acompañará durante toda la temporada. En carrera, Armstrong deja una actuación discreta y una evidente falta de ritmo que tendrá que pulir en los próximos meses. Lejos de la bici hemos visto al ciclista más humano, activo y comprometido con la causa.
También allí Armstrong ha visitado una unidad de oncología en un hospital de Adelaida, además de participar en otras actividades con el mismo fin. Más allá de las palabras, también ha tenido tiempo de pasar a los hechos. Según el diario local Crikey, el ciclista destinará a su fundación el millón de dólares que ha recibido por correr en esta primera prueba.
Los ejemplos de Senna y Gebreselassie
Armstrong es posiblemente la figura más visible dentro de la corriente solidaria que invade el mundo del deporte, una esfera que rebosa casi tanto compromiso como opulencia desmesurada. El ciclista sigue el ejemplo de otros campeones que también han cultivado el terreno del compromiso social. En Brasil existe el Instituto Ayrton Senna, con el nombre del que fuera tres veces campeón del mundo de Fórmula 1. Senna murió en 1994 a causa de un accidente en el GP de San Marino, pero dejó una ingente estructura social de la que hoy viven miles de niños sin recursos.
Más cerca queda el ejemplo del etíope Haile Gebreselassie, plusmarquista mundial de maratón. El atleta encabeza un proyecto que se dedica a levantar escuelas en un país donde el analfabetismo entre la población masculina supera el 50%, según Intermon Oxfam. En 2007, tras batir por primera vez el récord del mundo en el maratón de Berlín, Gebreselassie aseguraba en una entrevista al diario Sport: “Si se mira desde el punto de vista financiero probablemente no será un negocio redondo, pero a mí me hace feliz y creo que ayudo a la gente que más lo necesita”.
Fortalecer la imagen pública
Su iniciativa, como la de otras muchas estrellas solidarias, responde un movimiento en el que se conjugan varios sentimientos. Nace con el deseo de aportar algo a la comunidad que siempre estuvo pendiente de los éxitos del deportista, y se mezcla con la estrategia planificada de mimar una imagen pública que a la larga se convertirá en su principal activo.
Nada más lejos de la realidad, los deportistas tienen una parte fundamental de marca comercial. Por aquí su comportamiento no difiere tanto de las acciones de responsabilidad social corporativa que llevan a cabo muchas empresas. Uno de los últimos en incorporarse activamente a esta tarea ha sido Rafa Nadal, el actual número 1 del tenis mundial. El de Manacor ha creado una Fundación dedicada a la cooperación al desarrollo y a la asistencia a los colectivos más desfavorecidos.
Son los mismos objetivos que persigue la Fundación que acaba de poner en marcha Marcos Senna, futbolista del Villareal. Y así podríamos citar decenas de casos. Dentro del fútbol, Zidane y Ronaldo han sido durante años embajadores del Buena Voluntad de la ONU, e Iker Casillas ha comenzado a colaborar desde este verano con la ONG Plan España. Más allá de bendecir su imagen pública, su contribución mueve voluntades y es ahí donde el deporte aprovecha para agitar con fuerza la bandera social que le corresponde.













