Los románticos de la ‘Vendée Globe’
Dentro de los tipos de moldes y pastas que marcan la genética del deporte hay una especialmente robusta. Suele hallarse en alta mar, cuando el espíritu aventurero se queda corto y la competición adopta tintes sobrehumanos. A Unai Basurko (Portugalete, 1973) lo recubre una doble capa de esa pasta especial, forjada en las adversidades que aparecen cuando se navega en solitario y en medio de la nada.
Hace tres semanas una avería en el timón de estribor de su embarcación le obligó a abandonar la Vendée Globe, una regata extrema que consiste en dar la vuelda al mundo en solitario, sin escalas y sin ningún tipo de ayuda externa. No le fue posible reparar el timón y Basurko tuvo que comunicar a la organización su decisión de retirarse de la regata. Corrían los vientos del 7 de diciembre, también en aguas del Aguas del Atlántico Sur.
La mayoría hubiese dejado el barco en el puerto más cercano para tomar enseguida el camino de regreso a casa. Unai Basurko lo tomó, pero decidió regresar a Bilbao a bordo de su embarcación, el Pakea Bizcaia. Llevaba 25 días de regata en solitario, durmiendo no más de 30 minutos seguidos, pero no le importó ponerse a cruzar medio planeta de nuevo. “Lo mejor era recuperar las sensaciones de navegar sin prisas, volver a sentir el placer del viento y del barco”, aseguró Basurko en una reciente entrevista telefónica concedida a El Periódico.
De aquello hace ya 22 días. En medio ha quedado una Navidad atípica que Unai Basurko ha pasado en alta mar, ahogando su rabia entre el misticismo que transmite el mar en todos sus estados. Aún tardará en llegar a casa. Dice que habla con su familia cada dos o tres días y que duerme un poco mejor. Ahora lo hace a intérvalos un poco más largos. Por si acaso se pone dos alarmas para no quedarse dormido. No puede confiarse. En alta mar es sencillo coincidir con los temidos mercantes y un choque contra ellos sería fatal.
Sólo para elegidos
El riesgo y la supervivencia en condiciones extremas forman parte del espíritu de esta prueba que se disputa cada cuatro años desde 1989. El último ganador cruzó la meta de Les Sables d’Olonne (Francia) después de 87 días de travesía. Tomar la salida está al alcance de muy pocos por varias razones. Hacen falta patrocinadores dispuestos a invertir al menos 200.000 euros, que es aproximadamente lo que cuesta mantener el equipo. Eso sin contar con el presupuesto del barco.
Los participantes necesitan acreditar experiencia en pruebas similares como la Minitransat, la Barcelona World Race o la Velux 5 Oceans. Para aquellas situaciones en las que no basta con el instinto, los tripulantes han de aprender superviviencia y someterse a estudios médicos capaces determinar si serán capaces de vivir tres meses durmiendo a intervalos de 20 ó 25 minutos.
Riesgo extremo
En la Vendée Globe competir puede convertirse en sinónimo de morir. El francés Yann Eliés estuvo a punto de hacerlo la semana pasada. Cayó desde lo alto del mástil cuando intentaba cambiar una vela y en el impacto se fracturó el fémur y varias costillas. Estuvo 48 horas esperando auxilio hasta que una fragata australiana lo rescató. Sobrevivió con una botella de Coca-cola, pero sólo hubiese aguantado algunas horas más con vida, según el médico de la prueba.
Marc Guillemot, otro participante de la Vendée, escuchó la llamada de auxilio de su compatriota. Cambió de rumbo y acudió en su auxilio hasta que llegó la embarcación de rescate. Consiguió comunicar con él por radio para asegurar su rumbo. Guillemot se olvidó de la competición y demostró qué contiene esa otra pasta de la que están hechos los navegantes. Su gesto fue su triunfo, el más romántico de los rescates.













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