ETA y los medios
La detención y posterior encarcelamiento de Mikel Garikoitz Aspiazu, alias ‘Txeroki‘, cabecilla del aparato militar de la banda terrorista ETA, ha despertado una de las polémicas dormidas que siempre permanecen latentes en el debate de la deontología periodística: la espinosa cuestión del tratamiento mediático del terrorismo.
Desde el momento en que los medios de comunicación otorgan a la noticia una especial relevancia (colocándola en portada de diarios e informativos, preparando programas especiales al respecto…), están tomando una compleja decisión moral y adquiriendo una responsabilidad con su audiencia – la ciudadanía potencialmente amenazada por los violentos – y muy especialmente con las víctimas de la sinrazón: la responsabilidad de informar de manera respetuosa, veraz y comedida sólo de aquellos aspectos verdaderamente destacados que demanden su atención y no contribuyan con su publicación a la finalidad última de los asesinos.
La publicidad es el oxígeno del terrorismo
En palabras de la investigadora Brigitte L. Nacos, de la Universidad de Columbia, la publicidad es “la sangre que da la vida al terrorismo o el oxígeno del terrorismo” y esto es algo que los terroristas “de todas las épocas han comprendido”. Los terroristas de nuestro tiempo no son una excepción: perpetran actos violentos “con el objetivo de extender su propaganda”. La única diferencia verdadera con el terrorismo decimonónico es que, desgraciadamente, “las modernas tecnologías de la comunicación equipan a los terroristas de hoy en día para publicitar mucho mejor sus mensajes que sus predecesores”. Este hecho diferencial no hace sino aumentar la responsabilidad social de los periodistas a la hora de abordar la cobertura informativa de estas macabras y asesinas “campañas de márketing”.
El atentado terrorista nace cuando el grupo de asesinos que lo van a perpetrar acumula información y diseña la estrategia para llevarlo a cabo. A continuación, la ejecución en sí, independientemente de las consecuencias, hace que el atentado crezca, pero no que culmine, pues la muerte o el sufrimiento de centenares de inocentes no es en realidad el objetivo último de los violentos. La auténtica intención del terrorista es conmover a los periodistas, a los redactores, para que los medios se conviertan en altavoces y propagandistas involuntarios de su causa. No hay atentado si no hay relato del atentado.
La doble responsabilidad del periodista
En este contexto hostil, el periodista que se enfrenta al deber de relatar una acción terrorista tiene que asumir una doble responsabilidad. En primer lugar, no puede renunciar a contar lo que pasa, pues la clave de su profesión es contribuir a la formación de una ciudadanía libre e informada. La sociedad democrática española es suficientemente madura como para que cada individuo pueda juzgar el calibre de los sucesos por su cuenta y en su justa medida, sin dejarse llevar por los extremos del pánico o la indiferencia moral. No es lícito que el comunicador oculte una porción de la realidad a la opinión pública, ni siquiera bajo pretexto de silenciar la propaganda terrorista o de evitar la alerta social. Los ciudadanos no son menores de edad, inermes ante la barbarie e incapaces de diferenciar lo justo de lo injusto. Muy por el contrario, tienen de su lado las más efectivas armas para acabar con la violencia: la movilización masiva y el aislamiento de los criminales.
En segundo lugar, y como contrapartida, el periodista tiene la responsabilidad de ajustar y medir las proporciones de su relato para no hacer de caja de resonancia al terrorismo. Un atentado asegura a los asesinos la presencia obligada, inmediata y gratuita en todos los medios de comunicación, como un anuncio a cinco columnas por el que no han tenido que desembolsar un solo céntimo. Permite que los criminales lleguen a su potencial clientela disfrazados de héroes incomprendidos, de mártires de una ideología o una causa justa frente a un Estado opresor que los refrena.
Para asegurarse de que esta sea la imagen desprendida de los medios, todas las bandas terroristas llevan a cabo una labor de concienciación social y deshumanización de las víctimas. En el caso de ETA, los terroristas han utilizado al Estado español como el antagonista diabólico, pintándolo ante la sociedad vasca como liquidador de sus derechos civiles, su tradición, sus costumbres, su cultura y hasta su lengua. Han instalado un maniqueísmo atroz entre sus seguidores: ¿a quién le importa que otro “perro español” caiga por el bien de la causa abertzale? Sólo a los traidores, a los cobardes, a los que no entienden que el fin justifica los medios. En contraposición, sobre todo en los primeros tiempos, antes de que la máscara cayera, los asesinos se presentaron como los libertadores de la patria vasca, los únicos combatientes contra la dictadura española con base en Madrid, los únicos capaces de defender los intereses de Euskal Herria a cualquier precio.
Es precisamente en ese punto donde se inserta la segunda de las responsabilidades del periodista: hacer que el aura mística de la violencia desparezca, para que el conjunto de la sociedad pueda ver lo que hay por debajo de la máscara y juzgar de manera adulta las acciones criminales. En esta tarea cobra una importancia vital el lenguaje, que tiene que ser un instrumento para humanizar a las víctimas que el terrorismo intenta presentar como animales, como txakurras (perros) que merecen su fatal desenlace. Cada vez que un periodista deja de decir “un Guardia Civil ha muerto” para decir “Ramón López ha sido asesinado” una bomba estalla en las manos de los terroristas. Cada vez que la entradilla de una noticia deja de rezar “la organización reivindica las acciones” para afirmar que la banda terrorista “se responsabiliza de los atentados” se desdibuja un poco más el halo de justicia y heroicidad que antaño revestía a la violencia.
Que el miedo no sea una mordaza
Alguien te dejaba esa amenaza, sin firma, encima del teclado de tu ordenador a sabiendas de que lo ibas a leer, de que lo ibas a rumiar y de que deberías tenerlo forzosamente en cuenta. Si el cuajo del terrorismo nacionalista consiste en asesinar a uno para aterrorizar a mil, este texto era un acompañamiento, que actuaba de forma redundante sobre el mensaje inequívoco de la muerte, con la intención evidente de meterme el miedo en el cuerpo, de obligarme a rumiar sesenta veces las palabras antes de enjaretar la frase, de forzarme a pensar en la familia, en mi mujer, en mis hijos, en mi madre y mis hermanos, antes de ensillar el párrafo; era una forma mortíferamente contundente de invitarme a ir por un lado y no por otro, para subrayar un aspecto y no otro. Algo relativamente tan fácil, en última instancia, en un producto tan lábil como es la presentación de la información.
‘¡Arriba Euskadi!‘ Calleja, José María (2001).
El miedo es una reacción humana, pero el periodista no puede permitirse el lujo de dejarse llevar por él cuando arrostra la intransferible responsabilidad de denunciar las atrocidades del terrorismo. De lo contrario, se producen situaciones en las que la cobardía lleva a la traición, no sólo de los ideales democráticos del redactor, si los tiene, sino también a la traición a sus conciudadanos, víctimas de la violencia, y a sus propios colegas de profesión. Sirva de ejemplo esta triste anécdota, extraída de la obra de José María Calleja antes citada:
Al día siguiente de que ETA asesinara a Santiago Oleaga Elejabarrieta, director financiero de El Diario Vasco, de siete tiros por la espalda, El Diario Vasco mostraba, en su página 6, una foto con el siguiente pie: “El personal de DV comentaba con tristeza lo sucedido”. Los once compañeros que aparecían visibles en la foto estaban, todos ellos, de espaldas a la cámara. Se habían girado deliberadamente para que nadie pudiera ver sus caras; tenían que hacer un duelo clandestino, no fuera a ser que alguno de los criminales se quedase con su cara.
En lo que respecta al terrorismo, la deontología periodística deshecha la objetividad. No se puede ser equidistante entre el victimario y la víctima, no puede dar igual quién mata y quién muere. Por respeto a la verdad, el periodista tiene que asumir un claro compromiso con los afectados, porque es la única forma posible de contribuir a que, algún día, dejen de producirse situaciones en las que su obligación sea informar de que unos mueren y otros matan.
Alguien te dejaba esa amenaza, sin firma, encima del teclado de tu ordenador a sabiendas de que lo ibas a leer, de que lo ibas a rumiar y de que deberías tenerlo forzosamente en cuenta. Si el cuajo del terrorismo nacionalista consiste en asesinar a uno para aterrorizar a mil, este texto era un acompañamiento, que actuaba de forma redundante sobre el mensaje inequívoco de la muerte, con la intención evidente de meterme el miedo en el cuerpo, de obligarme a rumiar sesenta veces las palabras antes de enjaretar la frase, de forzarme a pensar en la familia, en mi mujer, en mis hijos, en mi madre y mis hermanos, antes de ensillar el párrafo; era una forma mortíferamente contundente de invitarme a ir por un lado y no por otro, para subrayar un aspecto y no otro. Algo relativamente tan fácil, en última instancia, en un producto tan lábil como es la presentación de la información.












