Día de Muertos en México
Las ceremonias dedicadas a los muertos están presentes en todas las culturas de los pueblos que habitan el planeta. El estudio de de cualquiera de ellas nos lleva siempre, sin lugar a dudas, a interesarnos por sus manifestaciones culturales y rituales para con los muertos. El mundo católico lo hace el día uno de noviembre, pero como es natural, en otras culturas la fecha y significación de la misma cambia, al igual que la cosmovisión y ritos de la muerte.
La muerte no dependía de la conducta en vida
Dentro de la cosmogonía de las culturas del centro de México, el culto y fiestas mortuorias datan por lo menos desde el 1800 antes de nuestra era. En las culturas mesoamericanas la muerte fue de gran importancia dentro de su sistema de creencias. Algunos historiadores, entre ellos Diego Durán, señalan que en el calendario mexicano constaba de 18 meses, los meses noveno y décimo, denominados Tlaxochimaco y Xocolhuetzi respectivamente, estaban dedicados a la celebración del día de los muertos chiquitos, el primero y de los grandes, el último.
El agua era elemento nodal en las culturas mesoamericanas. Se utilizaba en los ritos del nacimiento, muerte fecundidad, supervivencia; el líquido era vehículo propiciatorio. El inicio y el final de la vida humana se sellaban con agua.
A diferencia de otras culturas como la occidental, los pueblos mesoamericanos no creían en un destino en el más allá condicionado por sus actitudes en vida, sino que dependían del tipo de muerte que recibían para ocupar determinado lugar en el mundo de los muertos.
De acuerdo a la manera de morir, el alma encontraba su destino. Al Tlalocan, paraíso del dios de la lluvia, se dirigían los ahogados, hidrópicos y los ofrecidos al dios; acompañaban al sol Huitzilopochtli las mujeres muertas en parto y los guerreros caídos en la batalla o en la piedra del sacrificio; al Mictlán, lugar común de los descarnados, iban quienes fallecían por cualquier otra causa.
El viaje al Mictlán era largo: se cruzaba un río, se atravesaban dos cerros que chocaban entre sí y luego se emprendía el camino de la culebra, el de la lagartija verde, los ocho páramos, los ocho collados, el lugar del viento de navajas de obsidiana y el río Chiconahuapan, hasta llegar al noveno nivel del inframundo, el Mictlán. Un perro guiaba el alma del muerto. Al cabo de unos años, el alma, como el recuerdo de los vivos, se disolvía.
La muerte, condicionada por la conducta en vida
En el año de 1521, México fue conquistado por los españoles. La caída de Tenochtitlán, capital de los antiguos mexicanos, fue el símbolo del exterminio de las culturas indígenas. Nuevas ideas acerca de la muerte se implantaron. La ideología de los conquistadores, sustentada en el catolicismo, modificó ritos y cosmovisiones.
Las dos regiones a las que iban los muertos en la mitología mexica se sustituyeron por el cielo y el infierno, cambio que traería consigo una diferente valoración del concepto de la muerte. El destino del alma se determinó en atención al bien y al mal, al comportamiento de una ética cristiana basada en las buenas o en las malas acciones que se hubiesen realizado en vida. Un nuevo dios apareció, un dios que premiaba o castigaba.
También llegaron nuevas fechas para la celebración del día de los muertos. El uno y dos de Noviembre sustituyeron los meses noveno y décimo denominados Tlaxochimaco y Xocolhuetzi .
“Fiesta de Día de Muertos”
El sincretismo entre costumbres españolas e indígenas dio origen a lo que actualmente constituye la “Fiesta de Día de Muertos”.
En México, país pluricultural y pluriétnico, la celebración de muertos no tiene un carácter homogéneo, sino que adquiere diferentes modalidades según el pueblo indígena o grupo social que la realice. Las variantes rituales son muchas, sin embargo, todas ellas giran alrededor de ciertas prácticas comunes: la bienvenida y despedida de las ánimas, la colocación de ofrendas para los muertos, el arreglo de las tumbas, la velación en el cementerio y la celebración de oficios religiosos.
Una de las que más llama la atención del observador occidental es el rito practicado dentro de las casas para recibir a las ánimas de vuelta al hogar. Las familias preparan altares con mesas de uso doméstico donde son colocadas las ofrendas a los muertos: flores, cigarrillos, el licor que más le gustaba al difunto, frutas, calaveras de azúcar y sal. Lugar central ocupa el retrato del muerto junto a vasos de agua ya que las ánimas llegan sedientas por el largo viaje emprendido a la tierra.
Como guía para las almas, desde las puertas de las casas hasta el altar donde se han depositado las ofrendas se compone un camino de pétalos de flores de cempaxúchitl, para que las ánimas puedan absorber la esencia de los alimentos puestos para tal efecto. Para despedirlas se tañen las campanas de la iglesia y se queman cohetes. Mientras la banda toca música fúnebre, los deudos acompañan a las almas hasta el panteón para que puedan regresar a sus tumbas.
La “Fiesta de Día de Muertos” fue proclamada por la UNESCO como patrimonio de la humanidad.
El Zócalo de México, sede de la ofrenda
El “Día de Muertos” en México no es ajeno al intento de globalización de las manifestaciones culturales asociadas al comercio. Muchas culturas se ven influenciadas por la desbordante difusión de manifestaciones culturales como la comercial Halloween. Por esta y otras razones, un patrimonio de la humanidad como el “Día de Muertos” debe de ser cuidado, restaurado como cualquier edificio que conforma nuestro patrimonio.
Edificios como los culturales, con pilares intangibles, también necesitan un refuerzo para que no se derrumben. Este año, el Zócalo de México, aparte de las ofrendas a los muertos, se ha convertido en manifestación cultural en la que participaron una decena de productores, artistas y artesanos, que de forma coordinada trabajaron para realizar esta actividad que se prolongó hasta el 2 de noviembre.