Ni solo, ni mal acompañado
Dicen que mejor solo que mal acompañado. ¿Pero hasta qué punto esta soledad responde a un estado personal elegido y no a una imposición que pesa como una losa?
Uno no tiene más que mirar a su alrededor para ver que la soledad está cada vez más instalada en nuestra sociedad, acomodada tal vez por el frenético ritmo de vida que nos obliga a vivir sin casi un minuto para nosotros mismos. A veces, incluso uno no tiene tiempo ni para darse cuenta de la soledad a su alrededor.
Incapacidad de comunicación
Según los psicólogos existen dos tipos de soledad, la que afecta a las relaciones personales, y que impiden mantener una relación con otra persona, y la social, que no deja al individuo integrarse en un grupo. Incluso, apuntan como consecuencias una sensación de angustia, depresión y bajo sentido de la felicidad y el placer.
Internet se ha convertido en una ¿tabla de salvación? Para estas personas, que por sus características personales o por vivencias vitales negativas, rehúsan a mantener un contacto directo con sus congéneres. Los chats son los espacios donde todo vale para que estas personas den rienda suelta a su necesidad de socialización. Pero, ¿es realmente positiva esta vía de escape virtual o encierra al solitario aún más en su habitación frente a la pantalla de ordenador?
Los ancianos, los más vulnerables
Dejando a un lado a aquellos solitarios de motu propio o los que presentan un perfil patológico, existe un colectivo que en gran parte no está únicamente solo, sino que además padece esta sensación de abandono: los ancianos. En España hay cerca de 7 millones de mayores de 65 años, cifra que va en aumento. De esta cantidad, al menos un millón, según Cruz Roja, vive sola. Y todos seremos mayores algún día.
Para muestra un botón. Japón es uno de los países más poblados del mundo, más de 120 millones de personas habitan una superficie no mucho mayor a la española. Allí triunfan las cafeterías que ofrecen junto a la consumición la posibilidad de jugar y disfrutar de la compañía de pequeños gatitos de apenas unos meses de vida. La causa: las muchas horas dedicadas al trabajo y la escasa vida social que ello les deja les impide disfrutar del cuidado de mascotas y de mantener contacto con otros seres vivos. Todo ello por unos tres euros el café… y el gato.