Crisis: la economía en portada
A algunos les ha costado reconocerlo, pero al menos parece que el diagnóstico ya está claro: el sistema financiero mundial se encuentra inmerso en una grave crisis, que arrastra a la gran mayoría de los sectores productivos y presenta un correlato dramático para la economía de las familias. La hasta hace poco inesperada y ahora tan cacareada “quiebra del capitalismo” ha traído consigo un sinfín de preocupaciones para los ciudadano de a pie, incluso para los más izquierdistas, que en otras circunstancias hubieran recibido con alborozo la culminación de las profecías de Marx y Engels.
Sin embargo, incluso a los optimistas les resulta hoy difícil encontrar motivos para la celebración, al encontrarse con que indicadores tan cotidianos como el encarecimiento de la cesta de la compra o la pérdida de valor de las viviendas invitan a pensar en la moderación y en el ahorro, en dejar para el futuro los caprichos innecesarios y apretarse el cinturón, recurriendo al ingenio, los outlets y las marcas blancas como armas de una batalla cada vez más dura por pagar la hipoteca y llegar dignamente a fin de mes.
Crisis, ¿qué crisis?
Pocos lo mencionan ya, tal vez por no hacer leña del árbol caído, pero seguro que son muchos los periodistas que aún recuerdan las dificultades que el Ejecutivo socialista ha atravesado hasta hacer encajar la verdadera dimensión de la crisis en la impostura de “optimismo crónico” que Zapatero adoptó como estrategia electoral en materia de economía y que Pedro Solbes ha utilizado durante los primeros meses de legislatura como base de su argumentación.
En cualquier caso, tirando de hemeroteca, como hace el catedrático de periodismo Pedro García-Alonso en su blog, es posible encontrar multitud de titulares y declaraciones del Presidente y sus ministros que nos recuerdan cuál fue la imagen inicial del panorama económico que llegó a la ciudadanía a través de los medios de comunicación. Por aquel entonces, los que hablaban de crisis eran automáticamente tachados de “antipatriotas”, “exagerados” y “catastrofistas”. El Gobierno y sus altavoces mediáticos conjuraban los malos augurios con una riada de eufemismos (”desaceleración transitoria ahora más intensa”, “periodo de dificultades objetivas”, “ajuste duro”…) y asegurando que las turbulencias de Estados Unidos jamás atravesarían las fronteras de nuestro país.
Finalmente, a medida que las circunstancias se han ido agravando, se ha demostrado que sus palabras eran como las del cuento de “Pedro y el lobo”, que a la tercera repetición ya nadie las creía. Por eso en los últimos meses, para evitar un previsible descalabro de su popularidad, Zapatero no ha tenido otro remedio que acabar llamando a las cosas por su nombre.
Como es evidente, España no está en “la Champions League de las economías mundiales”, como probablemente en el futuro no lo estarán otras economías europeas. De hecho, y por continuar con el símil futbolístico, no resulta descabellado imaginar que en un futuro próximo determinados bancos y empresas occidentales caigan en manos de jeques árabes, como sucedió con el Manchester City. ¿O es que acaso no está buena parte de la deuda pública estadounidense en manos del Gobierno chino?
El lenguaje de la crisis: del eufemismo al sensacionalismo
Resulta que, cuando por fin el Gobierno ha admitido la existencia de la crisis, los medios de comunicación han vuelto a subir otro peldaño en la escalada terminológica. Lo que antes era una situación económica crítica, ahora está más cerca de ser un devastador fenómeno meteorológico (”tormenta”, “tsunami”, “terremoto”), una catástrofe de corte apocalíptico (”debacle”, “colapso”, “derrumbe”), un “crack“, un “crash” o algún otro tipo de estallido onomatopéyico alarmante y suficientemente sobrecogedor. Ningún diario quiere perder la oportunidad de escribir con letras de oro esta nueva página de la Historia, y ningún periodista la ocasión de firmar los reportajes a los que, en el futuro, acudirán los estudiantes y académicos en busca de información sobre la crisis internacional de 2008.
Ahora bien, lo que los grandes empresarios de la comunicación no parecen intuir son las consecuencias más cercanas que esta debacle sensacionalista puede desatar. La gran mayoría de los economistas coinciden en afirmar que la luz al final del túnel se verá cuando los agentes económicos recuperen la confianza: los bancos prestarán dinero otra vez, los inversores volverán sus miras a la Bolsa, se reactivará el consumo de las familias… Y no es precisamente que los medios de comunicación contribuyan con sus hipérboles y sus excesos a crear este necesario clima de certidumbre, sino más bien todo lo contrario, ya que no se muestran dispuestos a renunciar a la espectacularidad y el dramatismo a pesar de la petición explícita del Gobierno y de que a muchos les va la vida en ello…
Dos fechas, dos enfoques: viernes negro
Seamos francos, incluso al más sensato le entran ganas de ocultar sus ahorros bajo una baldosa cuando cada mañana echa un vistazo a las portadas en el kiosco. La prensa está sembrando el temor en sus lectores y, como asegura Pilar Portero en Soitu.es, “el miedo es un indicador económico tan poderoso como catastrófico”. ¿Usted es de los que no se atragantan con el café cuando ojean la sección de economía durante el desayuno? ¿No escupió parte del croissant al contemplar el 11 de octubre los gráficos del hundimiento de la Bolsa? Enhorabuena, tiene usted un estómago a prueba de bombas: sepa que gracias a gente como usted aún sobrevive el sistema financiero.
Si, por el contrario, es usted de los que sucumbieron a la sensación de pánico y excepción que desprendían las portadas de aquel día, tampoco es necesario que acuda al especialista. Es una reacción bastante normal y se debe a la confluencia de tres de las características más evidentes de la cobertura mediática de la crisis: el sensacionalismo, la falta de prudencia y la voluntad de hacer historia.
Dos fechas, dos enfoques: lunes de resurrección
La otra cara de la moneda la encontramos en los titulares del martes 14, centrados en la noticias del plan de rescate de la banca y el despegue de los principales índices bursátiles a lo largo de la jornada anterior. En esta ocasión, los diarios demostraron que, al contrario que con las malas noticias, tienden a ser prudentes a la hora de administrar alegrías a sus lectores.
El País, ABC, Deia, El Comercio, La Provincia o las publicaciones del grupo Joly, que se encontraban entre los más teatreros del viernes 11, salieron a la calle con titulares asépticos y puramente informativos ante la noticia de la recuperación de los mercados. Otros, como Público, La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Avui, El Correo o Ideal, optaron por mantener el tono grandilocuente de las portadas del hundimiento, aunque incluso en estos casos, la moderación y el realismo eran la tónica general de la información en las páginas interiores. Lo que desgraciadamente demuestra que, una vez más, en periodismo,“bad news are good news”.





