¿De qué era el anuncio ese?
Julio César, con su “vini, vidi, vici” definió brillantemente su carácter y eficacia político-militar. Galileo, con su “y, sin embargo se mueve”, resumió en una frase su revolucionaria visión del universo. Son ejemplos de lo que hoy conoceríamos como slogans, frases que perduran en la historia.
¿Recuerdan aquello de de “Hola soy Edu, feliz Navidad”? ¿Quién no ha repetido esa frase una y otra vez? La historia se repite cada año desde que un niño tumbado en un sofá lo hiciera en un anuncio que sirvió de base para incalculables bromas telefónicas durante esas fechas, pero del que que pocos recuerdan la marca.
En términos publicitarios, el anuncio no fue más que otro “trucho” para la compañía Airtel, que a través de este spot hizo aumentar las ventas de telefonía móvil de la competencia. Es lo que llamamos “vampirismo de slogan–marca”: el slogan obtiene mucha más importancia que la marca debido a diferentes motivos, como la excesiva creatividad o la búsqueda exacerbada del impacto, que acaba haciendo que muchas veces sea cuestionable la efectividad de la correcta recepción del mensaje.
Frases memorables, marcas olvidadas
Si nos ponemos a pensar, encontraremos innumerables slogans que nos cuesta identificar con la marca a la que pretendían anunciar. Y es que encontrar la frase adecuada que al pronunciarla recuerde sin dudar a nuestra empresa no es tan fácil.
Los ejemplos de slogans que perduran hasta nuestros días pero de los que cuesta recordar el producto al que se asociaban, abundan: “Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo”, “Juguetes para compartir”, “Vuelve a casa por Navidad”…
En estos tiempos, es inevitable que exista ese olvido publicitario al que todos los profesionales tememos, por lo que cada vez más el mensaje debe ser claro, fácil, conciso, recordable, directo y una lista infinita de cualidades que hacen que el trabajo creativo sea cada vez mucho más complicado.
Es una de las cosas que un profesional debe evitar a toda costa: hacer que el slogan cobre un protagonismo exagerado, ya que verá como, por arte de magia, la marca se esfuma del lugar donde todas desean estar: la mente del consumidor.














Comment por Oscar el 13 de Octubre de 2008:
Muchas veces este problema se soluciona introduciendo el nombre de la marca dentro del jingle. De esta forma nos cercionamos de que la marca quede directamente relacionada con la melodía.
Comment por Martín Caro el 13 de Octubre de 2008:
¡Muy interesante, Alba!
¿Y no te parece que este problema ha sido más evidente los últimos meses? A lo mejor ha sido una impresión mía, pero he visto un montón de anuncios estridentes, que han aparecido en todos los medios, y de los que no consigo recordar la marca. Como tú dices, flaco favor para el anunciante.
Comment por David Gómez el 13 de Octubre de 2008:
Yo creo que todo el mundo asocia el “vuelve a casa por Navidad” con el Almendro, así que el efecto vampiro en ese caso ni siquiera existió o no fue tan fuerte. En cambio, un ejemplo paradigmático de este fenómeno tan temido por los anunciantes es el del mítico anuncio de “Be water my friend”. Se han hecho múltiples versiones gracias a la viralidad de la idea, pero la marca se ha perdido en el camino. ¿Quién recuerda que en realidad hablaba de un coche con un nuevo sistema de adherencia al asfalto? Nobody.
Muy interesante el artículo, Alba
Notificacion por Leman Brothers - Todo se va a la mierda « el 20 de Octubre de 2008:
[...] a dar la vuelta a las pantallas de medio mundo. El riesgo: que la marca se termine perdiendo por el efecto vampiro del anuncio sobre el anunciante. ¿Sucederá que este spot de dentadura draculesca acabe mordiendo [...]
Notificacion por Marketing Eficiente » Blog Archive » Leman Brothers - Todo se va a la mierda el 20 de Octubre de 2008:
[...] a dar la vuelta a las pantallas de medio mundo. El riesgo: que la marca se termine perdiendo por el efecto vampiro del anuncio sobre el anunciante. ¿Sucederá que este spot de dentadura draculesca acabe mordiendo [...]