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Carlos Mallagaray nació en Chile y es fotoperiodista de profesión. Lleva más de veinte años en la profesión, publicando en diversos medios españoles. Ha sido colaborador de 'El Mundo' del País Vasco por más de dos años, y corresponsal gráfico de la revista 'El Siglo' desde su fundación. Actualmente trabaja en un proyecto de larga duración en Chiloé, Chile. Blog

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Bolivia, una crisis de cine

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El IX Festival Internacional de Cine y Vídeo de los Pueblos Indígenas debía haber tenido lugar en Santa Cruz, Bolivia, pero en plena inauguración del evento comenzó el rodaje de un nuevo film. Más de una decena de camarógrafos comenzaron a rodar esta producción cinematográfica donde los protagonistas son los más ricos y los más blancos. Los indígenas aparecen exclusivamente como extras de esta película. No podía ser de otra manera.

En Santa Cruz, en una de las múltiples escenas del rodaje, los protagonistas de la producción, cinco representantes de la antigua oligarquía, envían a sus protectores civiles y militares a detener la celebración de este festival, que para ellos no es más que una provocación ya que se celebra en uno de sus latifundios con el único propósito de difundir conceptos tan altaneros como democracia, igualdad y solidaridad. Ellos no pueden permitir que esos conceptos sigan siendo difundidos por el enemigo, en este caso indígenas, dentro de sus territorios.

El público que se aglomera para ver el rodaje de las escenas, observa a los extras, agricultores indígenas comunes y corrientes, correr entre las callejuelas de Santa Cruz para salvarse de los palos que portan los sicarios del terrateniente que quiere dejar claro que aunque siendo minoría numérica, ganará porque tiene el poder de los palos.

El antagonista

Esta película es una superproducción donde la industria estadounidense no podía estar ausente. Los inversores del norte tienen un alto porcentaje del capital que hace posible que se pueda rodar en varios departamentos bolivianos.

Casi al mismo tiempo que en Santa Cruz, se rueda en el departamento de Pando. Todo está preparado. Una carretera polvorienta está franqueada por huestes del Gobernador que van a impedir, en este caso a simples agricultores, que se acerquen a la hacienda del terrateniente. Sobre ellos caen de improvisto civiles y militares armados que los apresan o acribillan a balazos. Los que logran escapar corren al interior de la selva para ocultarse de la barbarie o morir desangrados por las heridas de las balas.

A su vez, en La Paz, los guionistas han situado geográficamente al antagonista del film: un presidente de república de origen indígena que accede al poder por casualidad, por la ignorancia de los votantes para ser más exactos. Los terratenientes, según el guión, dejarían que gobernara un tiempo, mientras no molestara demasiado, pero nunca que se atreviera a amenazar sus intereses, ni tan siquiera con el apoyo de más del 65% de la población. Al fin y al cabo, según los guionistas, la mayoría de la población son solo indios y pobres.

El papel del presidente

A estas alturas del rodaje, el presidente elegido por sus conciudadanos pide ayuda para mantener la voluntad de quienes lo han elegido. Clama desde su gabinete para que sus vecinos lo apoyen, al menos con sus palabras, ya que ellos saben y tienen la voz para gritar de quién es el poder legítimo.

Por lo que tengo entendido, esta superproducción va a seguir su rodaje durante varios meses y el final, como siempre ocurre, está guardado bajo siete llaves para no matar la película.

El IX Festival Internacional de Cine y Video de los Pueblos Indígenas tiene previsto divulgar 86 obras seleccionadas entre cineastas de todo el planeta, pero con lo que no contaban sus organizadores, era con la filmación de una nueva obra en la que iban a ser parte de los protagonistas.

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