Destellos fuera de plano en Pekín
Michael Phelps viaja a esta hora hacia el Olimpo del deporte. Lo hace con sus 8 metales de oro colgados del cuello. Allí le esperan otros como Carl Lewis, Mark Spitz, Larisa Latynina o el dream team de baloncesto de Barcelona’92. En la nube de al lado viaja Usain Bolt. El jamaicano mira inquieto a un lado y a otro. Su pose hiperactiva y sus gestos de adolescente le delatan. Se ríe cuando se recuerda a sí mismo rompiendo el registro de los 100 metros lisos. Brazos abiertos y golpe en pecho para entrar en meta. Un manotazo en el orgullo de sus rivales que se guardó días después, cuando paró el cronómetro en 19’’30 en la final de los 200.
También en el mundo del deporte la historia la escriben los ganadores. Nadador y atleta conforman la imagen de Pekín’08, la que vencerá la memoria cuando dentro de 20 años haya que revisar los tratados del olimpismo para conocer qué fue lo más destacado del año en que China deslumbró al mundo con una ejecución impecable de sus Juegos.
Si alguien se queda en la entradilla se llevará el relato de la portentosa actuación de estos dos extraterrestres que tocaron tierra para competir. Excelente pero demasiado estereotipado para una competición mucho más locuaz. Si escuece la curiosidad, el hipotético lector bajará hasta el quinto o sexto párrafo. Allí encontrará que en la piscina olímpica de Pekín también se batieron 24 récords del mundo, y que en sus aguas nadó una estadounidense llamada Dara Torres, tres medallas de plata para una deportista de 41 años. Una atleta eterna que se retiró para ser madre y que volvió con más fuerza que nunca para compartir podio con jovencitas hasta 25 años menores que ella.
El barón Pierre de Coubertin quizá estaba pensando en ella cuando en 1896 decidió que “Más alto, más rápido, más fuerte” sería el lema de los primeros Juegos de la época moderna. Por su mente visionaria también pasaron nombres como el de Leire Olaberria, bronce en la prueba de puntuación de ciclismo en pista. Leire se estrenaba en sus primeros Juegos Olímpicos con 31 años.
No llama la atención su edad, sino saber que 5 años antes ni tan siquiera se había subido a una bicicleta. La guipuzcoana deambulaba sin suerte por el tartán del atletismo. A pesar de las frustraciones agarró con fuerza las gotitas de ilusión que le quedaban. Nunca las soltó. Por eso lloraba de emoción sobre el podio del velódromo de Laoshan. El suyo es un homenaje a la constancia en el deporte.
Oro a los 43
En los tratados del deporte olímpico en Pekín también debería figurar el nombre de Juan Esteban Curuchet. El argentino arrebató el oro a la pareja española Tauler-Llaneras en la modalidad de americano o madison de ciclismo en pista. Duele menos si conocemos la intrahistoria de su medalla. Con 30 años la Federación Argentina lo dejó fuera de la selección que en 1995 viajó a los Juegos Panamericanos, lo consideraban demasiado veterano. Los mismos directivos se frotaban los ojos al verlo en el primer cajón del podio en Pekín a sus 43 años. Curuchet sonreía en su interior. Sabía que había ganado la batalla, su batalla. Para él no hay sitio en el Olimpo. Tampoco para Torres ni Olaberría. No importa. Sus medallas, y sobre todo su ejemplo, quedan así más cerca del resto de los mortales.