Las miserias del deporte olímpico
Gervasio Deferr se movía con desparpajo en la recepción del presidente del Gobierno a los olímpicos antes de partir hacia Pekín. Casi con la misma soltura que emplea sobre el tapiz, el gimnasta cogió el micro para dirigirse a los periodistas en La Moncloa y se colocó al lado de Zapatero en la fotografía oficial. A su lado, decenas de deportistas que también se marchan a la cita olímpica permanecían en un segundo plano. Sin el tirón mediático de Gervasio, sus nombres no aparecían horas después ni siquiera en los teletipos de agencias. Algunos casi se quedaron fuera de la foto.
Aunque parezca lo contrario, las comparaciones también son odiosas en el mundo del deporte olímpico. Un conglomerado de clases y niveles que solo se iguala cuando los atletas suben al podio. Ahí no hay diferencia económica porque el premio en Pekin será el mismo para todos. La medalla de oro se pagará a 94.000 euros, 48.000 para la de plata y 30.000 para la de bronce. Parece, no obstante, escasa recompensa si la comparamos con los 214.000 euros que se llevaron los internacionales españoles tras ganar la Eurocopa de fútbol ante Alemania.
El podio pone a cada uno en su sitio, pero bajo de él las cosas cambian. El programa de Ayuda al Deporte Olímpico (ADO) ha concedido 450 becas para preparar los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Las de mayor cuantía, 60.000 euros, son para quienes se proclamaron en 2006 campeones del mundo. Entre ellos, el ciclista Joan Llaneras o las selecciones masculinas de baloncesto o balonmano.
A partir de ahí, las becas descienden en su nivel económico: 50.500 euros para los que en 2006 fueron subcampeones del mundo y 45.000 para los terceros. Los cuartos del mundo o primeros de Europa perciben 34.000 euros, y así sucesivamente hasta llegar a los 17.000 euros para aquellos en blanco en 2006, pero con buenas marcas en años anteriores.
El deporte más silencioso
Vistas en un contrato listo para firmar, son cifras que provocarían la carcajada de muchos jugadores de la Segunda División B del fútbol español. Pero el ADO es así. Es la cara más recóndita del deporte de élite. La que obliga a estar cuatro años en la sombra esperando la cita olímpica.
Para los que suban al cajón la vida dará un vuelco para bien. Llegarán los patrocinadores privados y su ropa se llenará de publicidad de marcas que quieren ser visibles al lado del campeón. La victoria les pondrá un cojín más cómodo sobre el que caer, como hizo en su día con David Cal o Gemma Mengual. Para los que no ganen, las luces se apagarán más rápido. Habrá que pasar desapercibidos por la zona mixta y abandonar el estadio por la puerta de atrás. Vuelta a casa y vuelta al trabajo. En silencio.
Son sentimientos que se pueden ver en la campaña que este año, como novedad, ha lanzado el programa ADO para apoyar la imagen de todos los olímpicos. La campaña no habla de victoria. Tampoco de derrota. Simplemente exalta la intensa preparación que hay detrás de la lucha por las medallas. Resume el sentimiento olímpico basado en la competición. Con ella, los españoles aspiran a superar los 19 metales de Atenas 2004.