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Borja Ventura nació en Valencia hace 26 años, aunque vive en Madrid desde hace tres. Licenciado en Periodismo, es parte del equipo que prepara el Proyecto i, de Diximedia. Antes ha sido coordinador de Actualidad en 20minutos.es, portadista del mismo diario y Jefe de Sección en Periodista Digital. Blog.

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Partidos por las baronías

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El 37º Congreso Federal del Partido Socialista se ha cerrado sin grandes sorpresas: Zapatero sigue siendo el mesías que sacó al partido de su peregrinaje por el desierto, el mismo reformista y rompedor, pero que ahora dice no‘ a los nacionalistas, ‘no‘ a los etarras y ‘no‘ a sus históricos barones.

Este mes y medio nos ha traído un gran cambio de posiciones políticas cuyas consecuencias se verán tras las elecciones autonómicas de País Vasco y Galicia, así como en la convocatoria europea. El PSOE ha dejado de apostar por la izquierda para volver al centro izquierda, algo paralelo a lo que ha hecho el PP, que ha dejado la derecha para apostar por el centro derecha. En lo interno, Zapatero se ha deshecho de los ‘barones territoriales, mientras Rajoy ha tenido que auparlos a su regazo para poder sobrevivir.

El concepto ‘barón‘ es algo complejo en la política. Se corresponde en el imaginario colectivo a ese cacique de antaño que controla sus feudos sin sobresaltos, que susurra a la oreja del noble de turno, al que acompaña en sus cuitas y para quien recauda los impuestos. Cambien ahora “cacique” por “líder autonómico“, “cuitas” por “pelea con la oposición” e “impuesto” por “votos” y tendrán la imagen en la cabeza.

El giro socialista

Pero Zapatero en muchas cosas es más de izquierdas de lo que nos tiene acostumbrado el PSOE. El control del partido lo tiene él, junto a sus fieles. Gente como José Blanco (ahora Leire Pajín) moviendo los hilos mientras otros como María Teresa Fernández de la Vega o Alfredo Pérez Rubalcaba, nombres rescatados de otros tiempos, dan empaque y consistencia al producto final.

Junto a ellos, otros nombres del pasado fueron apareciendo (y desapareciendo) durante la pasada legislatura. Ese ‘barón territorial‘, concepto que tradicionalmente se ha asociado al PSOE, ha pasado a mejor vida. Ese José Bono, sacrificado en la hoguera del matrimonio gay y el Estatut de Catalunya, ese Pasqual Maragall, un daño colateral para contentar al salvador Artur Mas, ese Juan Carlos Rodríguez Ibarra, retirado tras meses de airadas diferencias con el inquilino de la Moncloa. Todos ellos y muchos más que ya no están, ni se les espera.

El Congreso Federal ha enterrado un sistema territorial que tanto bien hizo al PSOE: tener un voto monolítico en zonas como Andalucía, Extremadura, Castilla – La Mancha o Cataluña. Ahora, País Vasco o Galicia cobran una importancia estratégica mayor, gracias en parte a la distribución de la población y su peso en la Ley d’Hont y al efecto que tuvo quitar a Fraga de la Xunta y, quién sabe, al PNV de la lehendakaritza.

El giro popular

Muy diferente ha sido este congreso al del PP, celebrado semanas atrás. Ya se sabe que no es lo mismo ganar que perder. No es lo mismo ser el único e indiscutible candidato que el único candidato discutido. No es lo mismo, en fin, ganar unas primarias a tres candidatos que perder una autodesignación frente a unas sombras sin rostro.

Pero, además de estas diferencias palpables, otras diferencias sutiles se aprecian tras ambas citas políticas. Mientras el PSOE huye de su pasado ‘baronil‘, el PP apuesta fuertemente por él. De ser un partido monolítico e inquebrantable, a ser un reino de taifas plagado de ambiciones personales y rencores territoriales. Como los príncipes que ven agonizar al Rey anciano, a la espera de su testamento… o de la Guerra Civil.

Esos príncipes, esos Camps, Gallardón, Aguirre, esos peones de la batalla, los San Gil, Costa y Vidal Quadras, son sólo piezas en un gran puzzle. Un puzzle en el que hay extraños compañeros de cama, como un Aznar presuntamente encantado con la idea de que Gallardón dejara de ser alcalde de Madrid y ver así aupada a su mujer, Ana Botella. Ese Rodrigo Rato, emigrante voluntario, esperando regresar como profeta a su Génova prometida. Ese Gallardón, esperando impaciente a quitarse la máscara a la vista de todos. Y los espectadores, que aún no saben qué estan viendo en ninguno de los dos escenarios.


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